>>Regresar

BIENVENIDO

 

 

Para mi madre, que quería una novela rosa.

 

 

1

 

 

Juan Ramírez detuvo el caballo y se quedó contemplando el paisaje con las pupilas deslumbradas por la luminosidad meridiana.

Lleno de sombras, resonante por el despeñarse de la cascada, húmedo por la evaporación de las aguas, el estrecho desfiladero terminaba bruscamente en un altozano, atalaya que abría sobre el valle.

Los árboles desaparecían, las montañas se separaban a ambos lados, para luego, en línea recta, encajonar la vega: en la perspectiva se unían en una niebla azul. De ese fondo en que se escalonaban los volcanes blancos, las cordilleras pardas y las montañas verdegueantes, bajaba el río en una lonja de plata que a ratos esplendía al sol, que a ratos se ocultaba entre matorrales. En las cercanías del desfiladero se ensanchaba el río, llenando la cuenca formada por las montañas próximas, y una laguna oval, de aguas quietas, profundas, reflejaba el cielo moteado de nubes blancas.

Aquella agua inmóvil desbordábase de la hoya por el boquerón del desfiladero, precipitándose abismo abajo en catarata fragosa, para seguir en el fondo del tajo su curso de río turbulento que va buscando el mar.

La montaña Negra --que abría a la izquierda-- iba siguiendo la marcha del agua, bordeando primero la laguna, bordeando luego el río. Era una montaña virgen, compacta de árboles, en que todos los tonos de verde se encontraban. A la derecha quedaba la montaña Mocha, que justificaba nombre con las calvas ocres de sus peladeros: en tiempos anteriores había sido talada, grandes claros se pintaban con el verde tierno de los renovales y los troncos de los robles viejos parecían mástiles de plata que el viento tendieran la vela desgarrada de las copihueras.

Un centenar de metros la montaña Mocha bordeaba la laguna, dejando sólo espacio al camino entre su flanco y la ribera; luego se iba hacia la derecha, formaba un ángulo, y en ondulaciones tendíase hacia la lejanía azul.

Frente al centro de la laguna se alzaba una casa de madera rodeada de tres edificios más pequeños. Una avenida de araucarias la ligaba al embarcadero. Atrás quedaba la huerta, luego un potrerillo: todo ello cerrado por una empalizada.

Ya en la vega, había dos grandes galpones que parecían iglesias; después quedaban los corrales y una casa diminuta que a esta distancia semejaba un cajón.

La vega continuaba perdiéndose en la perspectiva, parejo el tono verde de su pasto, que sólo interrumpían la sierpe roja del camino y una que otra mancha de matorrales. En el faldeo de la montaña blanqueaba un rebaño de ovejas y a lo lejos una tropilla de caballos trotaba detrás de la yegua madrina.

Con los oídos ensordecidos por el rumor de la cascada, con los ojos encandilados por la radiación del paisaje, con el alma cantante por la belleza de la montaña, Juan Ramírez espoleó su caballo, siguiendo el camino que llevaba a las casas. El mozo --que se mantenía a cierta distancia-- se fue detrás.

El rumor de la cascada se hacía menos intenso, era ya imperceptible al oído y otros nuevos rumores llegaban en confusa polifonía: balar de las ovejas, cencerros tintineando, ladridos de perros, agudas gritos de pastores, cachañas en algarabía de malas comadres. Cuando un paréntesis de silencio se abría sobre estos rumores, otros más quedos llenaban de suave música el paisaje: runrún de abejas, parlar de agua, zumbidos de tábanos borrachos de sol, risas de hojas locas de aventuras. Cerraba el paréntesis una racha de viento y los rumores del valle volvían en crescendo.

Llegado frente a la casa, Juan, Ramírez se apeó, y sus ojos, que miraban sorprendidos los edificios de madera, tan extraños para el hombre del valle central, encontraron en la puerta de la casa habitación otros ojos que lo miraban llenos de curiosidad.

--Es la Peta, mi mujer, y los dos güeñis, pa' servirlo, patrón --explicó el mozo que lo acompañaba.

--¿Cómo les va? --dijo Juan amistosamente.

--Muy bien, patrón --contestó la mujer, cantando la frase.

Los chiquillos se escondieron detrás de la madre, y como ésta quisiera obligarlos a saludar, huyeron despavoridos por la avenida de araucarias. Un perro de lanas rojizas, feo como un demonio, salió persiguiéndolos, ladrando alegremente.

--Están muy lobos estos condenaos, patrón. Su mercé esculpará.

--¿Esta es la casa del administrador? --preguntó.

--Sí, pue, patrón.

Había muchos puntos admirativos en aquella exclamación. La casa edificada sobre "chocos", bajita, con techo de tejuela también de madera, con una gran puerta y ventanas anchas y bajas, con persianas al exterior, le pareció horriblemente inconfortable a Juan Ramírez, y un desaliento lo cogió al pensar que esa casa sería su hogar, tal vez por muchos años.

Rechazando la mala impresión, dio un paso para entrar.

--Pase, no más, patrón --dijo la mujer, haciéndose a un lado.

La puerta daba al vestíbulo, que tenía todo el largo de la casa y recibía luz por una galería que lo cerraba al fondo. A cada lado abrían tres puertas sobre otras tantas habitaciones comunicadas a su vez entre sí. A la derecha quedaba el escritorio con una ventana, mirando a la laguna, y otra a la montaña; seguían un dormitorio y el cuarto de baño. Al otro lado estaban el comedor y dos piezas vacías de muebles.

Las piezas eran cuadradas, forradas de listones machihembrados puestos verticalmente para formar zócalo; venía luego una moldura y en seguida los listones horizontalmente llegaban hasta el cielo raso. Todo estaba barnizado: paredes, puertas, ventanas, techos, dando un tono rubio miel al interior simpático y acogedor.

Juan Ramírez miraba con ojos alegres. El menaje era modesto: uno que otro mueble indispensable. En cambio, el cuarto de baño estaba completo, y en el centro de cada habitación pendía una lámpara a gas acetileno.

--¿Hay agua potable? --preguntó al matrimonio, que lo seguía dándole explicaciones.

--Sí, patrón. Cuando estuvo el finao don Enrique, hace muchos años, trajeron l'agua de la montaña y pusieron tamién lámparas d'éstas --contestó la Peta.

--Hay un tarro de carburo en la bodega. Don Samuel, cuando venía l'echaba a la máquina. Si su mareé quere, esta tarde podimos cargarla. Yo le tengo mucho recelo...

--¿ Y los muebles que yo mandé?

--Están toos en la bodega pa' que su meneé mesmo iga ónde hay que ponerlos. Pa' mientras le arreglamos las piezas con los muebles que había, con los muebles de don Samuel.

--¿Pasaba mucho tiempo aquí don Samuel?

--Dos o tres días no más. Cuando el finan patrón estaba vivo, él sí que se pasaba aquí semanas de semanas. Icía que de toos sus fundos el que más le gustaba era éste, por la laguna. --Como su mujer, Pancho cantaba las frases con un dejo melodioso. Era el llavero. Tenía una fisonomía de pehuenche, mezcla de sangres india y chilena. Mediana la estatura, recios los músculos, pequeña la cabeza de cabellera hirsuta, estrecha la frente deprimida, redondos los ojos negros y tristes, chata la nariz, grande la boca de labios gruesos. Alma de credulidad llena de leyendas, de fantasmas y de recelos, vivía en perpetuo sobresalto, viendo en lo más inocente augurios de desgracias que anulaba por medio de secretos de la naturaleza, o por palabras sortílegas que ahuyentaban el mal.

--Si el patrón quere comer, le tengo un pollito asao con ensalá y tortilla-- dijo la mujer.

--Ya está. Traigo mucho apetito.

--Le pueo hacer güevos asaos, entonces, patrón.

--No, no, con el pollo tengo bastante.

--En un volando güelvo --y salió.

Estaban en el escritorio. En el centro había una mesa con recado de escribir y cuatro sillas. En un estante esquinero se apilaban unos libros. Las ventanas estaban abiertas. En el rectángulo de una de ellas se destacaba un trozo inmóvil de la laguna, sobre la cual volaba lenta una avutarda.

Juan miró los dos paisajes: de la montaña llegaba un acre perfume a resina; de la laguna, rachas de frescor húmedo. Se quedó pensativo mirando sin ver. La vida allí le sería grata. Trabajar esos campos maravillosos de belleza, más que una obligación remunerada sería un placer. Compenetrarse con esas gentes rudas y sencillas había de ser interesante.

¿Su hogar chillanejo? ¿Su madre? ¿Su hermana? No. No tenía derecho para dejarse coger por la añoranza de la familia. Tenía que poner toda su voluntad al servicio de labrarse un porvenir. Bastante habían hecho su madre y su hermana trabajando para darle ese título de ingeniero agrónomo que ahora le permitía administrar uno de los fundos de la sucesión Gana, en ventajosas condiciones. Ahora empezaba su turno de ayudarlas. Ahora llegaba para ellas la holganza de una vida descansada. ¡Sería él quien trabajara!

Pancho lo miraba sin saber qué hacer: si irse con la Peta a la cocina o entablar una cháchara que le bailaba en la lengua.

--Hay animal del agua en la laguna --dijo de pronto, lleno de propósito, y encantado con su tema favorito.

--¿Sí? --preguntó el joven volviéndose, con un súbito interés en los ojos que un momento antes sólo veían su propia visión interior.

--Sí, patrón, llora en las noches tan triste, tan triste, que dan deseos de llorar tamién. Otras veces grita con un lamento largo y entonces es cuando se muere alguen. L'última vez que le oyimos a los poquitos días después se murió el compadre Juan Pedro Abello.

--¿Usted ha visto alguna vez al animal?

--¡ Ay; patrón, no quero acordarme! --La emoción le ponía trémula la voz y los ojos tristes se le extraviaron en un pavor retrospectivo--. Verá su mercé... Golvía en el pasao setiembre de Quilquilco, y cuando llegué a la laguna con tanto encargo que mi'había hecho la Peta, era ya de noche entrá. Había llovío hartazo en esos días y la bestia se me pegaba en los barros. En esto llego por allí --señalaba las totoras que festoneaban la laguna--, cuando veo una ñeula azul que sale del agua, una cosa larga como cogote de caballo y una cabeza de pájaro con pico y todo, pero con orejas grandes, como orejas de macho. Los ojos le brillaban y me miraban fijo. Yo estaba helao y tiritaba. En esto el animal da un resoplío que me paró todos los pelos y siempre mirándome fijo se jue sumiendo pa' dentro del agua. Tenía los ojos así tan grandes, redondos, brillantes como si jueran lámparas. Casi me muero de susto. Cuando llegué a la casa, la Peta tuvo que acostarme lo mesmo que a los güeñis, porque no atinaba con na...

--¡Hombre! --dijo riendo Juan, que lo oía interesado--. ¿No habría tomado unas copas de más?

--Por ésta se lo juro que no, patrón --besaba los dedos puestos en cruz--: no había tomado ni un trago...

--¿Y pasó alguna desgracia?

--A los poquitos días un taita le pegó una corná a uno de los arrieros y ahí mesmo lo dejó muertecito.

--¡Vaya!

--Puede ser que su mercé alguna vez l'oiga cómo se lamienta. Tiene que cortarse al tiro un mechón de pelo y enterrarlo al lao de la laguna. Es pa' qu'el Mal se vaiga. Tamién es giieno icir: "Vete pa' tu casa, animal del agua, que Dios te mira y el Malo te traga".

--Ya está servío, patrón --dijo la Peta desde la puerta con una gran voz que sobresaltó a Pancho.

Juan atravesó el vestíbulo y entró al comedor, idéntico en menaje al escritorio, con la diferencia de que la mesa estaba cubierta con un hule floreado, y en ella, sin orden alguno, se desparramaban un cubierto, varios platos, un vaso, una botella con agua, un salero, un tarro de conserva vacío lleno de rosas silvestres de perfume penetrante, un plato de greda con el pollo asado, entero, con los muslos en alto, dorado, jugoso, bienoliente; otro plato contenía ensalada de romaza picada con huevo duro y aliñada sólo con sal y vinagre. En una fuente estaban las tortillas tapadas con una bolsa harinera, descosida y arreglada como mantel. Todo ello era modesto, pero limpio, dando una sensación de vida primitiva, fuerte, sana y potente que encantó a Juan.

Un esquinero igual al del escritorio ocupaba un ángulo y en él se amontonaban el resto de la vajilla y varios tarros de cierre hermético que contenían artículos de primera necesidad: azúcar, café, arroz, fideos, sal, té.

Mientras despresaba el pollo, la Peta iba diciendo:

--Apenitas supe que su mercé venía de administrador, mandé a Pancho a mercar lo más urgente al pueblo. Coma estamos en verano, fue a Curacautín. En el invierno no se pue ir más que a Quilquilco. Güeno, ¿le pongo ensalá al tiro?

--Sí, muchas gracias. --Empezó a comer con apetito, mientras la mujer rondaba la mesa acercándole la sal, sirviéndole agua, destapando las tortillas.

--De toíto l'encargué --prosiguió la Peta--: azúcar, mate; ¿su mercé no toma mate?

--No --contestó Juan, divertido por la pregunta.

--Güeno: entonces, con permiso de su mercé, me queo yo con la yerba. De toíto l'encargué: azúcar, yerba, arroz, sal, harina flor. Estas tortillas están amasás con harina flor. ¿Cómo las encuentra, su mercé?

--Muy ricas --y como probara la ensalada y extrañara el aceite en el aliño, preguntó--: ¿No hay aceite?

--¿Aceite? ¿Pa' qué? --dijo perpleja la mujer.

--Para aliñar la ensalada.

--No, patrón... Yo no sabía... Aceite... Aquí no hay más que aceite de linaza...

--Mañana haremos una lista de lo necesario y se mandará un mozo al pueblo.

--Sírvase otra presa, patrón.

--A este paso me voy a comer todo el pollo.

--Cómaselo no más... Pa' la noche ya le tengo otro en adobo. Aquí no hay más que comer pollo o lechón. Antes Pancho salía a cazar, pero desde que una vez se le descargó sola l'escopeta, le tomó tanto mieo que agora es inútil que salga. Es muy bien remiedoso este hombre mío...

--¿No pescan en la laguna?

--Hartazo, patrón. Pa' mañana li'haré salmón frito.

--¿Pescan con terrible?

--No, patrón, con redes --y como viera que había dado fin al pollo--: Le tengo miel pa' postre.

--Venga la miel.

Cuando la tuvo en el plato, un perfume exquisito le dio en la nariz.

--¡Qué bien huele! --comentó probándola.

--Es que las abejas hacen la miel con flor de ulmo y por eso olorosa tan bien.

Paladeándola, Juan miró detenidamente a la mujer que estaba de pie frente a él. Parecía una caricatura: pequeña, gorda, con los pechos enormes y fláccidos cayendo sobre el vientre hidrópico, que mentía una próxima maternidad; con los brazos demasiado cortos y las manos de betarraga; con la cabeza muy chica y el moño muy parado; con la frente estrecha, las cejas juntas y los ojos bellísimos de expresión sumisa; con la nariz respingona y las fosas nasales como trompetas al viento; con la boca reidora, los dientes deslumbradores y un hoyuelo cavándole el mentón; con el cutis de cochayuyo curtido por el sol y el viento.

Era grotesca, mas no movía a burla ni a risa, antes bien apiadaba por su fealdad, y atraía por no sé qué de bondadoso y maternal que emanaba de ella.

--¿Usted es de aquí? --preguntó Juan.

--Sí, patrón, soy hija del mayordomo que había antes. Me casé con Pancho, qu'era arriero, y luego después le dieron el puesto que ahora tiene.

--¿Su padre es siempre mayordomo?

--Murió, patrón, y mi mama se golvió a casar y se jue pa' Pailahueque con su marío y mi otra hermana. ¡Como aquí había tan poco trabajo!

--¡Ahora volverá el trabajo!

--¿De veritas, patrón? ¿Van a trabajar otra vez en los aserraderos?

--Sí, mañana iré a ver cómo están y luego se pondrá todo esto en movimiento.

--¡Qué güeno, patrón! Viera, su mercé, antes había aquí un grimillón de peones.

--Y otro "grimillón" habrá luego...

--Ojalá, patrón....

Juan se puso en pie, fue al vestíbulo por su sombrero y, lento, sacando un cigarrillo, salió a dar una vuelta por los alrededores para conocer más concienzudamente aquel valle en que se realizaría su porvenir.

 

 

 

 

2

 

 

En los años posteriores a la revolución del 91, don Enrique Gana remató a precios ínfimos miles de hectáreas de terrenos fiscales en las provincias de Malleco y Cautín. Preveía lo que aquellos campos atesoraban y su fortuna entera fue empleada en la adquisición de enormes extensiones. Luego movió sus grandes influencias para que el ferocarril de Púa a Curacautín se realizara y así multiplicó hasta lo fantástico el valor de los suelos. Al morir, años más tarde, don Enrique Gana dejaba millonarios a su mujer y a sus tres hijos.

La viuda, doña Rosario Rodríguez de Gana, era una santa señora toda benevolencia y dulzura. Había sido muy bonita de joven y aún conservaba una cabal belleza. El cutis era delicado, terso, grande la boca que apenas se teñía de rosa, aguileña la nariz, bellísimos, enormes y candorosos como los de un niño los ojos, finas las cejas, ancha la frente levantada, ondeado el pelo recogido sencillamente en la nuca por un peine de concha, regular la estatura, enjuta de carnes. El conjunto daba una sensación de paz espiritual que hacía confiarse a ella en la seguridad de encontrarla piadosa a toda humana falla. Sabía ver, sabía comprender, sabía consolar, sabía perdonar.

Se decía que don Enrique la había hecho muy desgraciada; que otra mujer lo alejaba de su hogar; que de esa aventura había nacido una hija; que la niña se educaba en un convento; que, muerta la mujer, había impuesto la bastarda a doña Rosario; que la señora, para evitar un escándalo, ayudaba a su marido a ocultar el origen de la niña, haciéndola pasar por hija de una amiga que, al morir, la confiara a la tutela de ambos.

Se decía mucho, pero nunca se supo nada por la boca de labios descoloridos, sellados en un gesto de resignación.

Verdad o no lo que se susurraba, el hecho era que desde hacía algunos años, cuando en las vacaciones venía la familia a la hacienda, los acompañaba una niñita dos años menor que Enriquito. Se llamaba Filomena Silva y era tímida, buena y gentil: acabó por hacerse grata a todos.

Los hijos del matrimonio eran tres: Eliana y Gabriela, muchachas bonitas, desenvueltas, frívolas y coquetas; Enrique, cuatro años menor que Gabriela, niño mimado y terrible, sin más ley que su capricho.

Muerto don Enrique repentinamente, hechas las particiones, las hijas, que estaban de novias, se casaron, yéndose a Europa en busca de un escenario menos severo para el luto, y doña Rosario quedó en la ciudad acompañada de Enrique, que tenía a la sazón quince años. En cuanto a Filomena Silva, continuaba interna en las monjas.

La tutela de la señora era un trabajo ímprobo, dado el carácter de Enrique: díscolo y engañador, fantástico y engreído, creyéndose dueño del mundo por gracia de su nombre y de sus millones.

Tres años después, convencida de que el joven, por ineptitud, era incapaz de seguir una carrera, decidió doña Rosario mandarlo al fundo, junto a don Samuel, el viejo administrador general, encargado de ponerlo al corriente del manejo de las propiedades que habían de pertenecerle en lo porvenir.

Este trabajo era encantador tomado como lo tomaba Enrique; ocho meses acompañaba a su madre en la ciudad, los cuatro restantes los repartía entre el fundo y las playas de moda: el fundo y los baños termales donde se juega fuerte, el fundo y los viajes a la zona austral, en busca de panoramas nuevos.

Los terrenos dejados por don Enrique se dividieron en cuatro partes: la hacienda El Rosario --cuyas casas quedaban a un centenar de metros de la estación de Selva Obscura-- pertenecía a la señora; las haciendas Radileo y Dillo eran de las hijas y estaban arrendadas; la hacienda Malleco quedó para Enrique. El joven fue una vez a visitarla y volvió furioso, diciendo que aquello era un desierto. Un desierto, sí, pero un desierto de arenas de oro que daba para mantener muchos oasis de divertimiento.

La señora se instalaba en El Rosario a principios de diciembre, esperando a sus hijas, que cuando más estaban una semana con ella y se marchaban presurosas a la vida mundana que las atraía. Enrique, por su parte, llegaba "ansioso de trabajo", según sus propias palabras, y con el magín lleno de proyectos descabellados: un arrozal que sembrar en la vega del Cautín y que una avenida arrasó; un molino holandés que se llevó el primer viento recio de otoño; una esparraguera que en vez de espárragos dio siempre hilos verdes. A la semana de afanes se cansaba y partía súbitamente Enrique, dejando los trabajos a medio hacer, dejando a doña Rosario escandalizada recónditamente, dejando a don Samuel furioso, renegando por lo bajo.

La acompañante de doña Rosario era Filomena, siempre tímida, suave y gentil, con un no sé qué de vago en la figura que hacía recordar esas miniaturas de antaño desvanecidas por el tiempo.

Don Samuel Oliva servía el puesto de administrador general desde los tiempos de don Enrique. Seco y cetrino como un peñasco, era tan duro con los humildes cual zalamero se mostraba con los superiores. Estaba casado con una buena mujer que sólo se ocupaba en echar un hijo al mundo por año; ya llevaba catorce, y para entrada de invierno esperaba otro.

Doña Rosario confiaba completamente en la pericia y honradez del administrador general. El hombre se manejaba tan bien que ya tenía casa en Victoria y un fundo en Cherquenco; esto con ochocientos pesos de sueldo y talaje para veinte animales. Vaya al saberse merced a qué especulaciones don Samuel mantenía con ese suelde a su familión, teniendo a aún economías que le permitían ser propietario.

Cuando el administrador se oponía risueño y tenaz a alguno de sus fantásticos proyectos, Enrique, despechado, hacía notar esta anomalía a doña Reosario.

La señora se quedaba pensativa, diciendo al fin la frase predilecta que resumía todo su sistema filosófico:

--Hijito, allá él con su conciencia...

Como al par que en años, aumentaba Enrique en necesidades, y dando mucho dinero la hacienda Malleco no lograba cubrir sus gastos, se acordó impulsar la elaboración de maderas abandonada desde la muerte de don Enrique, intensificando al mismo tiempo la crianza de ovejunos.

Para este trabajo se necesitaba un hombre joven y activo, que tuviera residencia fija en la casa de la laguna. Buscando, buscando, dieron con Juan Ramírez, que recién se recibía de ingeniero agrónomo y presentaba excelentes recomendaciones y garantías.

 

 

 

 

3

 

 

Hasta los quince años la vida de Juan Ramírez fue la de cualquier niño de familia pudiente, que no piensa en lo porvenir, porque le sonríe en torno.

Su padre, don Juan Antonio Ramírez, tenía un fundo en las cercanías de San Ignacio y una casa habitación en Chillán: las vacaciones se pasaban en el campo; el año escolar en la ciudad.

De figura tosca y genio alegre, don Juan Antonio era adorado por su mujer --alma de anulación que vivía por reflejo de la vida de los demás--y por sus hijos Enriqueta y Juan.

La niña tenía un carácter extraño. Desde que en sus manos cayera un cuento --uno de esos cuentos que en minúsculos cuadernillos edita don Saturnino Calleja para deleite de todos los niños de habla castellana--, desde entonces, Enriqueta se sustrajo al ambiente familiar. Las horas que le dejaba libre el colegio las pasaba leyendo. Cuanto dinero conseguía era empleado en la adquisición de nuevos cuadernillos. La desventura de una princesa la emocionaba hasta las lágrimas; la llegada del príncipe que venía a libertarla de encantamientos la hacía palmotear jubilosa. Cuando estaba bien posesionada de una historia, la vivía a su modo.

Se envolvía en una cortina, arrollaba en torno a su cabeza una guirnalda de flores, tomaba un abanico y se iba al jardín, haciéndose la dormida en un banco, en espera del príncipe que vendría a desencantarla.

En el fundo jugaba a ser la Caperucita Roja. Se ponía la capa de agua de Juan, metía los pies en unos zuecos, tomaba un canasto y se iba al bosque de eucaliptos que espaldeaba la casa, oteando entre los árboles la aparición del lobo, con el corazón palpitante de emoción y esperanza.

Luchaba horas enteras con el sueño para poder levantarse sigilosamente a media noche, trémula de horror y de frío, e iba a esperar la salida de las brujas por la chimenea de la cocina, montadas en rabos de escoba para ir al alquelarre.

Lo curioso era que nunca desmayaba en su esperanza. Si el príncipe no llegaba, si el lobo no aparecía, si las brujas no salían, encontraba en sí misma motivos de disculpas, siguiendo siempre aferrada a lo fantástico.

Ya más grandecita, trabó conocimiento con el cine, y no eran cuentos sino películas lo que ahora la obsesionaba. Se peinaba como Pola Negri, se vestía como Bebe Daniels, gesticulaba como Constance Talmadge. De los diarios le interesaban solamente las noticias cinematográficas, de los magazines, las fotos de los artistas. Su pieza estaba materialmente empapelada con los retratos, y sobre la cama, en todas las actitudes que lo hicieran célebre, estaba el predilecto: Rodolfo Valentino.

Conocía la vida de los artistas con detalles escabrosos que azoraban la madre.

--Lya de Putti es la que besa más largo --decía.

--¡Pero, niña! --exclamaba doña Teresa.

--Es como lapa --agregaba en el deseo de deslumbrarla con su a sabiduría--. Figúrese que tiene besos de veinte metros.

--¡Pero, niña! --Esos besos de veinte metros eran un misterio para ella, que cuando iba al cine se dormía apenas apagaban la luz.

--Debe ser matador que a una la besen así...

--¡Pero, niña!

--Ninguna artista usa corsé. A los hombres les gusta mucho eso.

--¡Pero, niña! --y se quedaba con la boca abierta, pensando en quién le enseñaría todas esas cosas a Enriqueta.

La mayoría de las veces la chiquilla no sabía lo que decía, repitiendo frases que se le quedaban en la memoria luego de leerlas. Presentía, eso sí, que eran inconvenientes, y delante de don Juan Antonio no se atrevía a repetirlas con tanto desenfado. Cuando alguna frase se le iba al descuido, el caballero murmuraba moviendo la cabeza:

--Estas niñas de hoy día son el diantre...

Juan sólo se interesaba por el fundo, los trabajos agrícolas, sus estudios y la carpintería. Habituado desde pequeño al caballo, a la montura chilena, al poncho, a las espuelas, al lazo y a la chupalla, vivía en el verano al lado de su padre, ayudándolo en cuanto podía, enamorado del campo, penetrado ya del sentido de la tierra.

Seguía las humanidades en el liceo del pueblo. Era inteligente y aplicado; sus exámenes resultaban brillantes. Las aficiones de carpintero se exteriorizaban en pequeños mueblecitos que siempre estaba haciendo.

Mirándolo con orgullo, el padre preguntaba:

--¿Qué quieres ser tú?

--Agricultor --contestaba el niño firmemente.

--¿Y tú? --se dirigía a Enriqueta.

--Yo quiero irme lejos en un yate mío, filmar películas, luchar con un tigre, casarme con un millonario, divorciarme, viajar nuevamente.

--¡Ja! ¡Ja! No es nada lo que quieres... --interrumpía Juan riendo.

--Bueno --decía el padre conciliador--; Juan será ingeniero agrónomo, modernizará los trabajos del fundo, ganará mucho dinero, y aunque no sea en un yate propio, podrá llevarte a Yanquilandia, en busca de tu millonario.

--Lo malo será --agregaba Juan, siempre riendo-- que para entonces estarás vieja y nadie se querrá casar contigo.

--Tonto leso... --y Enriqueta hacía el mohín favorito que aprendiera de Mary Pickford.

--¿Pero, niños! --exclamaba la madre.

Y todos reían al verla mezclarse con su eterno estribillo a la conversación.

No sabían que eran dichosos, hasta que un día...

Un buen día de sol estival en que estallaba el oro de las espigas en la trilla clásica y las yeguas giraban en torno impelidas por los gritos de los peones, don Juan Antonio, que por allí vigilaba, sufrió un ataque de parálisis que lo echó al suelo desde su cabalgadura.

Después del primer momento de enloquecimiento se lo trasladó al pueblo, haciéndolo examinar por varios médicos: la enfermedad no tenía remedio y lentamente iría tomando todos los músculos. El cerebro estaba averiado y nunca la lengua conseguiría traducir un deseo. Cuando quería agua, tartajosamente decía otra cosa. Era desesperante, porque nunca empleaba la misma palabra para designar lo mismo. Al ver que sus familiares no atinaban con lo que quería, se impacientaba, lanzando agudos chillidos que desconcertaban más aún a los otros.

Fue una agonía que duró cuatro años. La mujer no se daba por vencida, y en interminable sucesión los médicos y los remedios se eslabonaban en torno al enfermo queriendo librarlo del sufrimiento.

Como no había quién lo gobernara, el fundo se arrendó, pero no dando el canon para el mantenimiento de la familia, se lo gravó con una hipoteca y luego con otra, trámites que la señora confió a un abogadillo de mala ley.

Normalizada la vida junto al enfermo, los hijos seguían haciendo la vida de siempre: Juan terminaba los últimos años de humanidades; Enriqueta había salido del colegio y hacía vida de sociedad provinciana, yendo a los paseos con las amigas, asistiendo al cine, bailando en las tertulias, vendiendo en los bazares de caridad, pololeando desaforadamente, en la esperanza de hacerse con un marido, aunque no fuera millonario yanqui.

Al morir el paralítico y tratar de liquidar la herencia, se vieron envueltos en una serie de papeles, demandas y pleitos que se llevaron todo el dinero que diera el remate judicial del fundo, quedándoles sólo la casa del pueblo como único bien.

Decidieron dividir la casa, reducirse ellos a la más pequeña parte, y arrendar la otra. Con esa renta tenían para vivir pobremente.

La madre tomo estás nuevas desgracias como otras tantas pruebas a que Dios la sometía y valientemente llevaba su cruz sin protestas ni aspavientos. Los hijos no; el dolor lo esperaban; hacía ya cuatro años que rondaba en torno a ellos. Pero la pobreza...

Enriqueta quería lutos suntuosos, tocas de crespones y velos que envolvieran la figura en sombras misteriosas. Cuando se logró convencerla de que no había más remedio que salir a la calle con un velito en la cabeza y mandar a teñir los trajes de color, que había que despedir a la servidumbre conservando sólo a la vieja cocinera, y que la mayoría de los muebles se rematarían por no caber en la fracción de casa que habían de habitar, entonces la muchacha se encerró en su pieza, sin querer ver a nadie, no atendiendo razones, prefiriendo dejarse morir antes que vivir la vida que la esperaba.

En Juan la pobreza tuvo otro efecto: al ver pasar a otras manos el fundo y sentir el holgorio de los extraños que ocupaban la mejor parte de la casa, al ver a su madre ocuparse de quehaceres domésticos y a Enriqueta encerrada sin tomar alimentos, una ira enorme contra el Destino fue llenándolo, despertando en su alma un afán de desquite.

--Abre, Enriqueta --dijo a la puerta del dormitorio de la joven.

Como no contestara, de un violento empujón hizo saltar la cerradura. Se acercó a la muchacha, que lo miraba con ojos torvos y febriles.

--Mi pobre chiquilla --murmuró acercándosele--, mi pobrecita que creía que la vida era un cuento de hadas:.. Vamos a hablar como en la vida real. Óyeme.

--No quiero... Quiero morirme... --decía Enriqueta, tapándose los oídos.

--Vamos, no seas porfiada --se sentaba junto a ella, tratando de convencerla dulcemente--. Tú siempre has sida una mujercita valiente, una verdadera heroína de novela...

Tomándola por ese lado consiguió que escuchara sus proyectos. El quería recibirse de bachiller e irse luego a Santiago a cursar la carrera que siempre lo había atraído, tratando, además, de conseguir algún trabajo que le permitiera costear sus gastos personales.

Para realizar este sueño era necesario que ella fuera enérgica y diera ejemplo de fortaleza a la madre. Había que resignarse a pasar unos años de pobreza, mas luego que él tuviera su título y obtuviera la administración de un fundo, ¡cómo se abriría el porvenir en claridad de dicha!

A ella, que amaba lo novelesco, lo imprevisto, la vida le ofrecía ser la protagonista de una novela estupenda.

Y Enriqueta aceptó. No sólo aceptó, sino que, dispuesta a jugar su papel a maravilla, se puso la obligación de trabajar, empujando a la vieja sirvienta hacia una tienda de modas donde solicitaban tejedoras a palillos. Con el apasionamiento característico a su temperamento, se aferró a esta nueva modalidad con un nuevo entusiasmo, que desconcertaba a doña Teresa y hacía sonreír a Juan.

Lo único que Enriqueta exigió fue que la puerta de la casa permaneciera cerrada para todos durante ese tiempo: ella no quería que nadie la viera sin su marco habitual.

Fueron unos años de rudo batallar para Juan y de silenciosa labor para doña Teresa y Enriqueta. Hasta que un día recibieron el telegrama anunciador de la posesión del título. A poco llegaba Juan, partiendo en seguida para Quilquilco, adonde administraría el fundo Malleco.

 

 

 

 

4

 

 

E1 primer invierno pasado en Malleco fue duro para Juan, que a pesar de su juventud y resistencia física, tuvo días negros de malestar y tristeza. Llovía incesantemente y apenas era posible mandar en las escampadas un mozo a Quilquilco en busca de la correspondencia y de los artículos de primera necesidad.

Interrumpido todo trabajo, se veía obligado a pasarse los días en la casa, haciendo muebles ayudado por Pancho o leyendo diarios, revistas y libros al amor del brasero.

A veces se hostigaba de todo, abandonaba el banco de carpintera, miraba los diarios y libros con ojos hoscos y durante horas de horas se sentía en el vestíbulo su ir y venir desesperado. Hasta que la fatiga lo tumbaba en un sillón. Entonces buscaba distracciones pueriles, contaba las tablas del techo, hacía solitarios, dibujaba en un papel juegos de niños, sacaba charadas. Un día se sorprendió hablando solo:

--Me voy a volver loco --murmuró.

Y desde entonces vivió más íntimamente con Pancho y su familia. Les enseñaba a leer a los chiquillos, le mostraba a Pancho las noticias gráficas de los diarios y revistas, le leía recetas caseras a la Peta, que las repetía muy de prisa para no olvidarlas. Hizo que de Victoria le mandaran un perro chiquitín, del cual cuidaba enternecido como si fuera una criatura. Escribió a Concepción pidiendo una remesa de libros.

Pero a pesar de estas distracciones, a las cuales se aferraba desesperadamente, varias veces se vio asaltado por la tentación de renunciar al puesto e irse a otros parajes más clementes. Cada vez que pluma en mano iba a dar forma a su resolución, la figurilla menuda de la madre se le aparecía como una instigadora a la perseverancia.

Entonces sacaba del cajón del escritorio las últimas cartas que recibiera de Chillán.

 

Mi querido Tom Mix: Estoy muy contenta. Me compré un traje de terciopelo chiffon regio; lo haré adornar con rosa, que es la furia. Tengo un prete, ¿sabes? No te digo quién es. Ayer vi una película estupenda de Vilma Banky, con unos besos para morirse. No te escribo más, porque tengo que salir. Muchas gracias por tu último regalo. Te quiere, tu hermana

ENRIQUETA

 

Y más abajo escribía la madre:

 

Mi hijito querido: Te estoy tejiendo un chaleco con lana bien gruesa. Dime cómo te quedaron de pie los calcetines que te mandé. Tengo tantos deseos de verte, mi niño tan recordado. Abrígate mucho, no te vayas a enfermar. Dile a la Peta que te deshumedezca el colchón y las frazadas todos los días, diles también...

 

Seguían las recomendaciones interminables.

"Pobre mamá", pensaba enternecido, olvidando la frivolidad de la hermana, y confortado por esa ternura vigilante que desde lejos lo envolvía, encontraba voluntad para soportar el aislamiento, el frío y el tedio.

Los chiquillos ya sabían conocer la "o", que es redonda, y la "i", que es un palito con un punto encima. Sabían también contar hasta diez. Esto era mucho adelanto, dada su mentalidad de paquidermos. El perro había crecido, se llamaba "Boby", tenía el pelo rojizo con las puntas negras en el lomo, y la panza más clara. Era de raza policial y Juan se encantaba con su inteligencia.

Cuando batallaba horas enteras con los chiquillos para conseguir que conocieran una letra y encontraba de pronto los ojos vivos y cariñosos del perro fijos en él, se reía pensando que quizás "Boby" hubiera ya comprendido la lección y no supiera cómo decírselo. Al verlo reír, los chiquillos se quedaban espantados, muy abiertos los ojos redondos y tristes, iguales a los de Pancho. El perro movía el rabo, inclinaba las orejas y venía a colocar el hocico sobre sus rodillas al par que gemía muy bajito.

Los pedidos de libros se hacían ahora mensualmente a Concepción, y ya que su vida era un remanso, Juan seguía ávido la corriente de las vidas que se desarrollaban en las novelas. Hasta entonces no tuvo tiempo de leer. De niño lo habían absorbido por entero el campo y los estudios, de joven, las horas libres de clase tenía que emplearlas en trabajar para costearse su carrera. Pero el desquite llegaba y los libros se sucedían encadenándose y encadenándolo. Ahora se preocupaba del movimiento bibliográfico mundial, leía las críticas, se apasionaba por las polémicas que despertaban algunas obras. Esperaba los diarios, revistas y remesas de libros con el afán con que se espera a un amigo querido.

Mientras en la casa la vida se deslizaba monótonamente serena, afuera los campos desaparecían bajo los charcos de agua. Caía ésta incesante: suave o agresiva, pero siempre, sin tregua: días, semanas, meses.

Desde la casa sólo se distinguían la avenida de araucarias y un retazo del agua turbia de la laguna. Lo demás del paisaje se velaba en el tul grisáceo de la lluvia, y apenas si el perfil de las montañas se dibujaba en el otro tono grisáceo de las nubes.

En agosto nevó varias veces, más no en cantidad suficiente para ennoblecer la miseria dejada por el invierno, y era otra tristeza ver los copos albos encenegarse en los barrizales o en el espejo sucio de la laguna.

A fin de septiembre empezó a romperse la niebla que todo lo envolvía y de sus desgarrones surgió la naturaleza desolada y aterida. Juan salió, entonces, con los camperos en busca de los animales emboscados en los montes. La bonanza y el hambre los hacían bajar al valle flacos y vahorosos. Se hizo recuento en un rodeo y eran decenas los que faltaban. Habían muerto de hambre o de frío o aplastados por los "angelitos", árboles que el viento troncha cayendo sobre los animales desprevenidos.

En cambio, de los establos donde habían invernado, los ovejunos salían gordos y triscadores, moteando el valle al pastar en sus faldeos.

Puntitos verdes manchaban las ramas de los árboles y el campo entero se cubría de un verde tierno que se iba acentuando cuanto más el sol aparecía. Avanzaba tímidamente la primavera, obligada a bruscos retrocesos por las heladas que quemaban su obra. Había heladas tan persistentes que a mediodía, cuando el sol lograba romper las nubes, aún espejeaba el hielo en los techos de las casas, los árboles se irisaban en mil fulguraciones y la laguna esplendía cegadora.

A fin de noviembre se afirmó el tiempo, después de unas tronadas horrísonas, y una temperatura suave y pareja acabó de fecundizar la tierra.

Bullía la vida en torno a la laguna. Ayudados por los perros, los pastores arreaban los rebaños valle arriba, hacia Tolhuaca. Los piños de animales vacunos iban y venían desde El Rosario a Malleco. Unos, los que iban para ser vendidos; otros, los que venían, para engordar en las vegas pastosas.

En los galpones que cobijaban las máquinas --en la otra vega que comunicaba por el desfiladero-- había un movimiento incesante de sierras, correas, poleas, maderas, tablas, carretas; bueyes y hombres. Grandes cuadriláteros de maderas laboradas rodeaban el establecimiento, troncos en bruto se amontonaban más allá y las carretas con árboles y las carretas con tablas se cruzaban, viniendo unas de la montaña, yendo las otras a Quilquilco.

A mediodía silbaba el pito del motor despertando todos los ecos, y el trabajo se paralizaba, extendiéndose por el valle una pléyade de peones que iban presurosos en busca del almuerzo.

Juan llegaba a la casa cansado y contento. Pero ante el cubierto solitario que lo aguardaba en el comedor su alegría se anublaba. Comía distraído, alargando mecánicamente el brazo para darle un trozo de pan al perro, que, sentado en su cuarto trasero, lo miraba con sus ojos tan leales.

Una pregunta de la Peta lo sacaba de su abstracción:

--¿Quere otra presa?

--No, gracias.

--Pa' la noche, ¿qué li'hago?

--Lo que quiera, Peta.

La mujer se quedaba pensativa, y, como quien encuentra algo nuevo, acababa por decir, jubilosa:

--Li'haré sopa y polla asao con ensalá, entonces, patrón.

Juan pensaba que la misma pregunta y el mismo resultado de una larga búsqueda se repetiría en la noche. Entonces sería cazuela y pollo asado con ensalada lo que Peta anunciaría para el día siguiente. Era su minuta desde que llegara a Malleco. A veces solía matizarse con salmón frito, qué generalmente resultaba quemado, o con huevos asados en el rescoldo, que a Juan no le gustaban.

Acabada la comida, Juan iba al escritorio, esperando a los chiquillos que venían a dar la lección. Llegaban azorados, empujándose uno a otro, sin atreverse a entrar. Se conocía que la Peta acababa de lavarlos, porque las greñas tiesas venían llenas de agua y el cutis moreno rojizo relucía por la fuerza con que había sido restregado.

El perro salía a recibirlos. Con esto cobraban ánimo y entraban de medio lado, con la cabeza gacha y los pies arrastrando.

--Buenas tardes --decía Juan.

--Güenas tardes --contestaban.

--Vamos a ver, ¿qué será esto que tengo en el plato?

Los chiquillos levantaban un poco la cabeza, miraban por debajo de las cejas y volvían a contestar a dúo:

--Azúcara, patrón.

--Azúcar, esto se llama azúcar.

--Azúcara --decían estúpidamente.

--Bueno --ya Juan los había dejado por imposibles--; toma, Panchito, éste es para ti y este otro es para Mercedes. ¿Para quién será este otro?

--Para el "Boby" --contestaban.

Pero el perro también lo sabía y ya alargaba el hocico felpado de seda, cogía delicadamente el terrón que Juan le alargaba y se iba a comérselo al felpudo.

Mientras los chiquillos roían el azúcar, el joven examinaba la tarea hecha en las pizarras. Eran unos palotes como serpientes, unas oes que nunca se cerraban, unas emes con cinco palos, unas tes que no terminaban nunca, con una tilde imperceptible en la punta.

No desmayaba, borraba la tarea, hacía nuevos modelos y media hora se le iba haciéndolos deletrear. Cuando el pito del motor hendía el silencio de la siesta, anunciando el fin de la clase, los chiquillos huían a perderse, sin decir siquiera adiós.

Peta aparecía luego por las pizarras.

--Escúlpelos, patrón, son tan lobazos... Pero yo no los hallo naíta e lerdos. Merceditos ya cuenta hasta veinte, y, fíjese, patrón, que l'otro día Panchito leyó "la mano" entera en el silabario. ¡Solo, patrón!

La hora mejor era la que seguía. Llegaba el recadero que iba diariamente a Curacautín, prefiriendo este pueblo a Quilquilco, por tener mejor comercio y estar más cerca. El canasto con pan, verduras y frutas se entregaba a la Peta. La bolsa con la correspondencia, a Juan.

Las cartas de la hermana decían ahora

 

Querido Douglas: Ayer me regaló Federico un anillo muy bonito, con un enorme brillante. Estoy feliz. La verdad es que cuando una es chiquilla es completamente lesa. Entonces no me hubiera casado por nada del mundo con Federico, porque lo hubiera encontrado siútico. Cierto es que en esa época Federico era pobre. Pero ahora, desde que se les murió el tío ricachón y heredaron una millonada, todo el mundo los mira bien. Van a todas partes. Tienen un auto regio. Yo estoy aprendiendo a manejar. Vieras qué gusto, vamos bien seguido a la Quinta. Todas mis amigas me envidian la suerte. Queremos casarnos en marzo. Mi suegra me regala el ajuar. ¿Vendrás al matrimonio? Consigue permiso. El traje de novia me lo hacen en Santiago, también regalo de la suegra. No te imaginas qué señora más dije; yo no quiero vivir con ella, sino sola en mi casa con la mamá, para que ella me maneje la casa. Tú comprenderás que yo no voy a tener tiempo para nada, ya que pienso hacer una vida muy de sociedad. Ya les pedimos la casa a los arrendatarios. Se le harán muchos arreglos y quedará regia. Otro día te daré más noticias. Te abraza tu hermana, muy feliz.

ENRIQUETA.

 

"Al fin --pensaba Juan--, y después de tantas vueltas, el Destino nos ha llevado donde queríamos ir. Enriqueta se casa opulentamente y hará la vida de boato con que siempre soñó. Yo estoy aquí, contento en esta ocupación que tanto asorda con mis predilecciones. Y en cuanto a mi pobre mamá, sigue siendo lo que los demás quieren que sea, sin protestar y hasta puede ser que con alegría."

A medio verano recibió aviso de don Samuel pidiendo el pronto envío de un piño de animales. En El Rosario esperaba un comprador. Si era posible que salieran esa misma noche de Malleco para estar al mediodía siguiente en el otro fundo.

Uno de los arrieros estaba enfermo: era el hombre de confianza. Temiendo algún percance, Juan se decidió a arrear él mismo el piño.

 

 

 

 

5

 

 

Al llegar a El Rosario, en el frutillar que precedía las casas, una figura femenina se inclinaba con un movimiento elástico y gracioso, recogiendo el fruto, que iba colocando en un canasto.

Pequeña y delgada, un traje de tela blanca se ceñía al cuerpo sobrio en curvas, de adolescente casi, infinitamente armonioso. La cara, aureolada por una chupalla de paja, hasta se levantó curiosa, y unos ojos verdes, serenos y hermosos, se cruzaron con los de Juan Ramírez, que la miraban atentos.

No era bonita, pero la euritmia del gesto y el verde estriado en oro de las pupilas bastaban para atraer, haciendo olvidar lo anodino del resto. Un hilillo de agua se deslizaba callado y celeste, a flor de tierra, serpenteando entre los camellones. Traía Juan sed de camino largo y polvoriento. Rogó:

--Señorita... ¿Quiere darme un poco de agua?

Sonrió la joven y llegóse al agua llenando el vaso plegadizo que Juan le alargara desde su caballo, por sobre la cerca.

--Muchas gracias --dijo al recibirlo, y al terminar de beber agregó--: No soñaba con encontrar una samaritana tan gentil...

Inclinando un tanto la cabeza, la jovencita tampoco contestó: sonreía siempre, y Juan siguió camino adelante, llevándose grabada en el alma aquella sonrisa que era sobre las facciones menudas como una gota de rocío que diera belleza a una flor, irisándola.

A la hora de comida supo quién era. Generalmente, cuando iba a El Rosario, alojaba en casa de don Samuel y nunca había tenido ocasión de encontrarse con doña Rosario y su familia. Esta vez quien primero salió a recibirlo al llegar a los corrales fue Enrique, que lo hizo víctima de sus proyectos y de sus fantasías. Como Juan lo oyera benévolamente, cobró Enrique por él una súbita simpatía y lo invitó a comer.

Cuando al atardecer llegó a las casas encontró en el corredor a doña Rosario, a Enrique y a la joven que esa mañana viera en el frutillar.

--Buenas tardes, amigo --exclamó Enrique--. Mamá, te voy a presentar a Juan Ramírez, el administrador de Malleco. Es un joven muy simpático, ya verás.

--Mucho gusto en conocerlo, amigo --dijo la señora, mirándolo afectuo­samente.

--A sus órdenes, señora.

--Esta --prosiguió Enrique, poniendo las manos en los hombros de la jovencita por detrás de ella, y haciéndola avanzar-- es la señorita Filomena Silva, muy buena persona: pinta, pirograba, repuja cuero y hace otra cantidad de cosas muy antiestéticas y muy inútiles que le han enseñado las monjas en el colegio. Se llama Filomena, pero todos le decimos Mena. Saluda, niña.

--No seas loco --interrumpió doña Rosario--, siempre has de estar atormentándola con tus bromas.

Juan y Filomena se habían saludado con cortedad bajo la mirada burlesca de Enrique. La señera prosiguió:

--La señorita es hija de Pancho Silva. ¿Se acuerda de Pancho Silva? Sí, pues, el que tenía almacén en Temuco hace muchos años... ¡Pero qué cabeza la mía! Usted no conoció a Pancho Silva ni ha estado nunca en Temuco, probablemente. Bueno. La señorita es hija de Pancho Silva, es huérfana; mi marido era su tutor y ahora lo soy yo. Para mí es una excelente compañera. Bueno. Mis hijas estarían felices si me pudieran acompañar en las vacaciones, pero sus deberes sociales... Las dos están en Viña. Me escriben encantadas; hay un mundo de gente; dicen que en nada echan de menos las playas europeas. Bueno. Enrique, que viene llegando de Zapallar, dice que allá también hay muchas personas conocidas. ¡Lo que son los gustos! A mí no me agrada veranear más que en mi fundo. La vida de los hoteles me desespera. Me mareo con tanto ir y venir.

Juan la miraba un poco sorprendido. ¡Qué le importaba a él Pancho Silva! ¿Para qué tantas explicaciones? Después comprendió.

La señora estaba sentada en un sillón de mimbre. Enrique paseaba fumando, y frente a Juan, que se mantenía de pie, Filomena se destacaba afirmada en la baranda, teniendo por fondo la maravillosa luz del crepúsculo. Vestía el mismo traje claro de la mañana, pero ahora, libre la cabeza del sombrero, una melena rubia enmarcaba el rostro.

--Y ¿se halla en la laguna? --preguntó la señora.

--Mucho, ahora, en verano. Pero el invierno es duro.

--¿Vive solo?

--Sí, señora. Mi madre y mi hermana viven en Chillán. Mi madre me acompañaría de mil amores, pero comprendo que no puedo imponerle ese sacrificio. Este clima, en invierno, la mataría.

--¿Y qué hace solo, sin poder salir de la casa, cuando llueve? ¿Tiene siquiera buenos sirvientes?

--Cuando llueve, leo, me paseo, les enseño a leer a unos chiquillos hijos del matrimonio que me sirve, hago solitarios y hasta hago muebles.

--¡Vaya una vida! --murmuró Enrique.

--Lo que necesita usted es casarse --dijo la señora con convicción--; ya que a su familia no le es posible acompañarlo, lo mejor que puede hacer es eso.

--¡Casarme! --y al levantar los ojos encontró Juan la figura de la muchacha, sombra negra sobre el oro de la tarde--. ¡Casarme! --repitió de nuevo, sorprendido por la idea--. Créame, señora, no se me había ocurrido pensarlo.

--Pues, vaya madurando el proyecto, mi amigo. Y, por lo pronto, niña anda a ver si nos dan de comer.

Se dirigía a Filomena. Cuando la muchacha partió, dijo a Juan:

--Prefiero comer temprano, así luego puedo estar un rato en el parque antes de acostarme.

Callaron, penetrados por la dulzura de la hora. Frente al corredor se extendía una plazoleta, después el parque umbroso. En el horizonte ardía una franja roja separada por un trecho azul de otra franja amarilla.

Una nube bordeada de rojo se disgregaba en jirones rosas, transparentes, opalinos. Los picachos nevados de la cordillera reflejaban el tono del horizonte, teñidas de un rosa pálido que se esfumaba en azul al descender por sus flancos.

A lo lejos una campana dio una nota única, que se quedó vibrando en el silencio, como encantada por la quietud de los campos.

Luego trajo el viento el eco de una tonada popular que una voz infantil, chillona y desafinada, cantaba acercándose. De pronto calló. Y como ya brillaba en la noche una estrella de plata, todas las corhuilas de los canales, de los esteros y del río se pusieron a rezongar dos palabras repetidas obstinadamente.

--Ya está servido, madrina --anunció la jovencita con una voz cantante que parecía parlar de pájaro en mañana de octubre.

--Santas palabras --dijo Enrique--. Cosa rara: tengo hambre. Ya está: los chiquillos adelante. Mena y Juan: caminen. La gente seria atrás. Mamá, ¿le doy el brazo?

Entraron en la casa, muy intimidados los que iban adelante, regañando dulcemente a Enrique la señora por sus brumas que jamás acababan.

Luego de comer, y esta vez en el parque, Enrique tomó del brazo a Juan, paseando por la gran avenida, al par que fumaba un cigarrillo.

Doña Rosario estaba sentada en una silla con toldo de lona que la protegía del relente de la noche, y cerca de ella, Mena se apelotonaba en un sillón de mimbre.

--Nunca he podido saber en qué época existió Pancho Silva --decía Enrique a Juan, en son de confidencia--. A mí Pancho Silva se me imagina una fantasía de mi pobre mamá, y la Mena una hermosa calaverada de mi ilustre progenitor. Con respeto sea dicho... Esta es también la opinión de mis hermanas. Y no hay otra explicación. ¡Ja! ¡Ja! Si usted conociera a mi hermana mayor, se reiría como yo al verla idéntica a la Mena. Claro es que mi hermana es otra cosa..., una mujer de mundo. Pero eso no quita que sean iguales. Y, según todos, mi hermana es el retrato de mi padre. Es para morirse de risa...

--Sí, ¿no? --Juan no sabía qué decir.

--La chiquilla es encantadora y todos la queremos mucho. Lo veo algo entusiasmado, mi amigo. Ya noté en la mesa que los ojos se le iban a mirarla. Pero tenga cuidado: en este asunto no hay atajo posible. Si se deja llevar por su entusiasmo, a lo mejor se encuentra camino de la iglesia con la Mena del brazo.

--Vaya, ¡qué luego nos puso usted las bendiciones!

--No tendría ningún inconveniente, créame, compañero.

Terminado el cigarrillo, fueron a reunirse con las señoras y una charla amena se inició entre doña Rosario y los dos jóvenes.

A Juan le hurgaba el deseo de dirigirse a Mena, paralizándolo el miedo a una broma de Enrique. A veces una pregunta de los otros obligaba a Mena a contestar y Juan hubiera querido que las breves frases se repitieran constantemente, por el encanto que daban al oído. Eran frases hechas, triviales, que no revelaban ninguna personalidad; pero dichas así, en la noche, entre las sombras, pronunciadas por la figura clara e inmóvil, tenían un encanto de hechizo.

Al despedirse Juan, la señora lo invitó para el día siguiente.

--Salgo al amanecer para Malleco --contestó el joven--. De todas maneras, le quedo muy agradecido.

--Siento mucho. ¡Vaya! Para otra vez será. ¿Cuándo vuelve?

--No lo sé, señora. Eso depende de los trabajos del fundo.

--Entonces: hasta pronto, y feliz viaje.

--Adiós, señora, y muchas gracias. Señorita...

--Anda, niña, no seas desabrida --era Enrique quien hablaba--; dile cualquier cosa a Juan. Dile que lo encuentras muy simpático, que te gusta mucho...

Y como Mena inclinara la cabeza toda confusa, el joven agregó:

--La verdad es que las monjas las ponen tontas de remate con sus pacaterías... Dile siquiera adiós.

--Adiós --y le alargó la mano con un gesto encantador en su cortedad.

--Hasta pronto--dijo Juan--, buenas noches.

Y saludando, se fue con Enrique por la avenida, camino de la casa de don Samuel.

 

 

 

 

Fue una visión de hogar lo que lo inquietó al volver a Malleco y caer en la soledad de su casa.

Regañaba a la Peta porque en la mesa la vajilla estaba puesta de cualquier modo, se desesperaba cuando al ir a ponerse una camisa encontraba el ojal desgarrado, la minuta de siempre acabó por hacérsele insoportable. Hasta los chiquillos lo impacientaban con su tontera, y como los reñía, Pancho y Mercedes se ponían más tontos aún.

Con el único con quien seguía en armonía era con el perro. Parecía que "Boby" adivinaba su mal humor y trataba de rodearlo de afecto. En el escritorio siempre estaba frente a él, mirándolo con sus ojos de oro. Cuando salían, iba trayéndole palitos que le alargaba en el hocico y que Juan se veía obligado a tomar. Cuando el joven montaba a caballo, el perro lo seguía ladrando alegremente.

Extrañados con este cambio, la Peta y los chiquillos lo miraban con ojos temerosos. Pancho creía que aquella destemplanza era efecto de la luna, que ese mes había salido "sentada", y los demás trabajadores andaban muy derechos, temiendo una reprimenda.

Juan comprendió que un factor nuevo entraba en su vida. Se sorprendía con los ojos vagos, mirando sin ver, pensando que allá lejos una jovencita de movimientos ágiles estaría apoyada a contraluz en la baranda del corredor, frente a doña Rosario, que probablemente no repararía en la gracia de su figura.

¿Cómo miraba? Así... Abría los párpados y la esmeralda de las pupilas se le obscurecía en la atención que las retenía fijas. Luego, se entornaban los párpados, la cabeza se inclinaba y una sonrisa muy leve se estampaba en las facciones, cavando un hoyuelo en cada mejilla. Evocaba el sonido de su voz, y cuando lograba que el cerebro le diera nítida la resonancia de esa modulación, una onda caliente le iba del corazón a la cabeza, haciéndolo estremecerse.

De pronto, en medio de una orden, de una lectura, de una preocupación, tenía la visión del frutillar lleno de sol y de la muchacha en puntillas alargándole el vaso de agua. Y se sorprendía sonriéndole con la misma sonrisa que hubiera tenido para ella en persona, al par que los labios murmuraban apenas perceptiblemente: "Mena".

Una tarde que bogaba en la laguna moviendo con pereza los remos, le vino la idea de ir por ella, de conquistarla, de traerla allí, de tenerla junto a él, en el bote que iba a la deriva, trémula y emocionada por estar junto a él, contra él, penetrados ambos por la belleza del paisaje y la certeza de su amor.

"Casarse", había aconsejado doña Rosario. ¿Por qué no? Los suyos ya no lo necesitaban, el deber no lo ligaba a nadie, podía disponer libremente de su persona.

Nunca había amado. Aventuras fugaces había en su vida como las hay en la vida de todo hombre. Aventuras que dejaban hastío, asqueamiento. "¡Qué miseria somos!", solía murmurar cuando llegaban y pasaban como una crisis.

Este sobresalto de ahora, esta inquietud, este pensamiento fijo, ¿era acaso el amor?

Quince días después volvía a Selva Obscura y rectamente abrió su sentir a doña Rosario.

Estaba muy solo en Malleco y necesitaba una compañera. Filomena le gustaba, quería tratarla, hacerse agradable --la palabra amor no salió de sus labios, por pudor de sentimientos--, y si armonizaban, casarse en otoño.

--Pero... --objetó la señora vacilando.

--Tal vez usted desee otro marido para su pupila. No sé si usted querrá dármela... Yo sólo tengo mi título de ingeniero agrónomo y mi sueldo que ofrecerle. En cuanto a familia, si no logro grandes abolengos, mi familia es una buena familia, muy honorable.

--No, no, no... Es otra cosa... Usted sabe cuánto lo aprecio, y esta estimación aumentó cuando supe lo bueno que era usted con su madre. Aunque su familia fuera muy humilde, usted vale por sus propias méritos. Bueno..., es que la Mena...

--¡Ah! --dijo Juan comprendiendo--. Ya sé... Eso me tiene sin cuidado.

--Ya le contaron que la Mena era, era... hija natural? ¡Qué gente! Bueno. Más vale que lo haya sabido desde el principio. Pero qué gente... ¿Se lo contó Enrique?

--No, señora, me lo contaron extraños.

--¡Ah! Bueno... --Ella sabía por qué prefería que no se lo hubiera dicho Enrique. Era tan loco para suponer aquel hijo suyo--. Verá, mi amigo Pancho Silva era muy ideático. Nunca quiso casarse, ni siquiera inscribió a la niña en el Registro Civil. Mi marido siempre se lo estaba reprochando. La madre de la Mena era toda una señorita. ¡Pobre! Murió cuando la Mena era una criatura. De puro porfiado, Pancho no se caso con ella. Bueno. Mi marido se lo echaba siempre en cara. ¡Los hombrea son tan raros! En fin: cada cual con su conciencia...

Juan la oía, vagamente risueño con estas explicaciones que se embrollaban.

--¿Pero a usted realmente le gusta? --preguntó interrumpiéndose-. ¿Entonces fue un coup de foudre, como en las novelas?

--Casi...

--Llamaremos a la Mena --y enternecida por sabe qué recuerdos, agregó--: Los voy a dejar solos...

Llegaba una sirvienta llamada por el timbre.

--Sirva el té en el parque y diga a la señorita Mena que allá la espero.

Salieron de la salita, atravesaron el corredor y la plazoleta en que se arrullaban unas palomas, y por la gran avenida del parque llegaron a la rotonda en que generalmente se hacía tertulia.

--Es una suerte que Enrique no esté --decía doña Rosario--. No las hubiera dejado vivir con sus bromas.

--¿Usted cree que la Mena...?

--¿Haya maliciado el efecto que hizo en usted? ¡Quién sabe! Pero Enrique la embromaba mucho.

La señora se instaló en su silla de toldo, y Juan, muy nervioso, apenas atinaba a contestar a sus frases, todo ansia al camino por donde Mena había de llegar.

La jovencita apareció en el corredor, bajó de un brinco la escalinata, corrió por la plazoleta asustando a las palomas y entrando luego a la avenida empezó a marchar con su paso elástico y vivo. Cuando reconoció al visitante, sus ojos se sorprendieron y, fijos en la mirada de Juan, fueron acercándose.

--Buenas tardes, Mena.

--Juan..., ¿cómo está?

Y como de pronto notaron ambos la familiaridad del trato, se ruborizaron; mas primando la alegría del encuentro, se echaron a reír, estrechándose las manos.

--Sírvenos el té, hijita, que se va a enfriar el agua.

Mena se apresuró a obedecer, acercándose al carrito que traía una sirvienta.

--¿Qué te parece la visita?

--Muy bien, madrina --y entre la sorpresa, la alegría y la confusión, no encontraba las tenazas del azúcar que tenía en la mano.

--Le estaba diciendo a Juan que lo íbamos a secuestrar por unos días. En buenas cuentas, esto no es más que egoísmo y no hay para qué agradecerlo. Estamos demasiado solas.

--Sírvase, madrina.

--Gracias, pequeña.

--Tiene dos terrones --dijo Mena a Juan presentándole la taza.

--Muchas gracias.

--Así es que pasará aquí varios días.

--Es muy probable.

--¿Y sus alumnos qué dirán?

--Estarán encantados con la holganza. --Quien estaba encantado era él porque Mena recordaba sus palabras--. Son los chiquillos más torpes que he conocido. Hace cerca de un año que les estoy enseñando a leer y aún no pueden salir de "la mesa", usted sabe: una de las lecciones del silabario.

--Sí, sí.

--El que es muy habiloso es un perro que tengo. Esta mañana tuve que dejarlo encerrado para que no se viniera detrás.

--A mí me gustan mucho los perros.

--Este es extraordinario. Una de las gracias que tiene es que, en la noche, cuando quiere acostarse, va por su cama al repostero, la toma con los dientes y la trae hasta el vestíbulo, junto a la puerta de mi dormitorio. En la mañana temprano vuelve a coger su colchoneta y la lleva a su sitio, debajo de la estantería.

--¡Qué rico!

--Bueno --interrumpió la señora--. Acaben de tomar el té y me dejan rezar mi rosario. Vayan hasta el manzanal. Muéstrale a Juan la famosa esparraguera de Enrique.

 

 

 

 

6

 

 

Fue la norma que siguió la señora durante aquellos días que precedieron noviazgo oficial. En cuanto el desayuno los reunía en el comedor abierto al parque, doña Rosario decía con gran sosiego:

--Una vez que terminen, los voy a mandar al molino a dejarle una orden a Pedro Luis.

Por los ojos de Juan pasaba una ráfaga de contento, y en las mejillas de Mena un fugaz rubor decía su alegría íntima. Y así era cómo, en espera de ese minuto tan próximo en que estarían solos, se daban a una charla en que las risas ponían su nota de cascabel. Mena decía:

--Ayer, en el trigal de la vega, encontramos una nidada de perdices. Viera, madrina, qué lindas, con unas plumitas suaves, y, fíjese, no tenían cola.

--¡Qué raro, perdices sin cola!... --contestaba Juan en' son de burla.

--De veras, de veras, qué tonta... --y se echaba a reír, prendida en las pupilas del mozo.

Y como éste, embelesado en la contemplación de la fisonomía encantadora, tomara al descuido el tenedor de postre y empezara con él a revolver el café con leche del desayuno, la chiquilla exclamaba, cada vez con las carcajadas más lindamente sonoras:

--De veras..., de veras que son raras las perdices sin cola, pero más raro es aún tomar la leche con tenedor.

Doña Rosario reía también, tan puerilmente contenta como los otros, Juan cambiaba el tenedor por la cucharilla y siempre con los ojos en la carita risueña, contestaba taimado:

--Perdices sin cola... Perdices sin cola...

Entonces la chiquilla, picada, fruncía el hociquito y adoptaba tan aire ofendido que hacía decir a Juan:

--Se enojó... Ya se enojó...

--Claro. No es para tanta historia ni para tanta pitanza.

--Perdón, Mena.

--No quiero perdonarlo.

--Por favorcito...

--Es inútil...

Y seguía con el morrito estirado, deliciosa, fingiendo un enfado que acababa por convencer a Juan y hacerlo, por un instante, el más desgraciado de los hombres. Buscaba sus ojos; pero las pupilas se le escondían esquivas y la boca seguía en el mohín de fastidio. La cara del mozo iba cobrando seriedad, los músculos se le atirantaban y una angustia iba cogiéndole el corazón. ¡Haberla molestado! ¡Haberla herido! Pero los ojos se le entregaban de pronto, confiados, amorosos y rientes. Y era un coro de carcajadas que aturdían a doña Rosario, y dejaban un momento en silencio a los pájaros, perplejos ante esa otra greguería que sentían cerca de ellos, señores en los árboles del parque.

--El niño grandote que se creyó que estaba enojada...

--Bueno --decía doña Rosario--. Ya es hora de que se vayan al molino, que si no después se van a pillar un solazo. Lleva tu quitasol, Mena. Allá le dicen a Pedro Luis que esta tarde le mande un saco de afrecho a la Mercedes Adela. Váyanse despacio y por la sombra. Cuide mucho a esta loquilla; ya sabe, mi amigo, que siempre estoy temiendo que se caiga al canal.

El mozo tomaba un aspecto grave, lleno de menudas solicitudes que adelantaban a los deseos de Mena. La chiquilla se daba aires de pequeña reina. A veces tenía una sensación de falta de realidad, de vivir fuera de la vida en una especie de sueño, dulce y embriagador. Nunca tenía la verdad exacta del momento presente. No podía analizarlo. Quería luego --al estar sola-- darse cuenta de todos los matices que el sentimiento iba poniendo en ella. Y no le era posible. Cuando conoció a Juan, le pareció que desde siempre la fisonomía del joven estaba en sí misma como un negativo que a su sola presencia se hubiera revelado. Supo que estaba delante de lo que su corazón y su instinto esperaban. Y desde entonces hasta que lo viera nuevamente en el parque, en compañía de doña Rosario, aguardó su regreso pacientemente, sin apuro ni duda, en la absoluta seguridad de que Juan vendría, que desde el fondo de los tiempos se creía hecha por voluntad divina para querer y ser querida de ese hombre. Nunca una duda. Nunca siquiera un recelo. La seguridad de un amor recíproco le hacía el alma clara e infinita. De ahí, de esa sensación enorme, aunque tan clara, le venía la imposibilidad de analizarse. No hallaba ángulo en qué colocarse. Estaba todo demasiado próximo y era inútil querer abarcarlo. Juan sentía también la seguridad de ese amor, la sentía, sin tener la certeza de las palabras definitivas que no provocaba por una timidez que tal vez era el deseo de alargar esa espera. Y así se iban los días, en el deslumbramiento de la dicha maravillosa.

--¿Nos vamos? --preguntaba Juan.

--Lista --y frente al espejo del aparador, muy llena de melindres, se ataba la chupalla de grandes alas que le sombreaba los ojos.

--Pórtense muy bien --recomendaba una vez más doña Rosario-- y no se acerquen al canal por nada del mundo.

Afuera la casa estaba llega de sombra de grandes árboles. Corría viento. Un puelche que venía de la cordillera refrescado de nieves. Una bandada de gansos, en ringla, iba parsimoniosamente por una avenida del parque, escapados tal vez del gallinero por una puerta que dejaran abierta al descuido. Al andar alargaban a uno y otro lado el cuello, mordisqueando el pasto, fino trébol recortado que parecía una alfombra. Sobre un banco un gato negro se lamía la panza con un movimiento lleno de gracia que lo hacía mantenerse en equilibrio sobre tres patas. Arriba, en un castaño, un chincol lanzó un trino prolongado y el gato suspendió su tarea, para quedarse mirándolo con ojos redondos, verdes y brilladores de codicia. El chincol iba inquieto de rama en rama. Y siempre con la cabeza vuelta a su anhelo, el gato fue resbalando las patitas delanteras hasta inmovilizarse tendido en el banco, esfinge paciente del cazador.

Fuera de la verja del parque el camino abría la doble fila de sus álamos. Extraños en el paisaje montañés, tenían siluetas cohibidas, inclinados por los recios vientos, sin la derechura que muestran en las dulces tierras centrales en que el aire es mano tierna para sus ramas. Otra fantasía de Enrique aquel camino serpenteante que unía la casa con el molino, allá en el fondo de una quebrada. Pero una fastuosa fantasía de camino con aceras, con las dos filas laterales de los álamos raquíticos, los bancos de trecho en trecho y las ampolletas de luz eléctrica para iluminar los paseos nocturnos en que las nubes ensombrecían la noche.

A través de los álamos, puestos muy juntos para que mejor pudieran defenderse de los temporales, se divisaba el verde de los potreros, las manchas obscuras de los matorrales y las otras manchas de los vacunos pastoreando sosegadamente. Pasó una tropilla tras el cencerro balbuciente de la yegua madrina. Pasó un chicuelo silencioso con sus ojotas. Pasó el mayordomo en un caballo que se encabritaba dando botes de costado.

A lo lejos una fina nube de polvo decía que las ovejas atravesaban el camino llevadas de potrero a potrero. Gritos breves de los pastores se unían al ladrido insistente de los perros. Y por sobre todos los rumores la parla jocunda de las cachañas daba su holgorio, alegría mañanera de la montaña que los muchachos sentían adentro, que los hacía sonreírse, mirarse y apresurar el paso, como si allá en el término del camino estuviera la dicha esperándolos, para darles aún mayor plenitud en el sentimiento que los llenaba.

No hablaban. Apenas una que otra recomendación de Juan para evitar una piedrezuela, para salvar una filtración de los canales regadores. En el molino daban rápidamente el recado de la señora a Pedro Luis e iban de inmediato a tenderse a la sombra de unos sauces, junto al canal, en una parte en que el agua traída desde el río desbordaba desde lo alto de la quebrada, fragorosa, llena de espuma, para seguir luego canalizada hasta meterse en las entrañas del molino. Un rato se quedaban ahí, sin poder hablar por el rumor enorme del agua. Luego se alejaban en charla queda, hasta ganar la continuación del canal, más allá del molino, donde el agua aparecía de nuevo para irse por las vegas regando los potreros. A Mena le encantaba ese paseo. Iban por un caminito que era apenas una huella, y había dos maneras de seguirlo: o irse uno detrás de otro, o tomarse del brazo estrechamente.

La primera vez que Juan hubo de tomar del brazo a Mena para ayudarla a pasar un regato, antes de iniciar el movimiento que lo acercaría ella --ese movimiento cortés que sólo implica la deferencia de hombre a mujer y que tiene visado su pasaporte social--, el muchacho sintió la amarra de la timidez, el delicioso miedo de tocarla, de sentirla más próxima. Avanzó al fin una mano, tomó el brazo firme y suavemente, y sintió a la chiquilla, confiada y cándida, abandonarse a ese apoyo, a esa protección. Y ya no supieron sino andar del brazo. Para ella aquello era tan natural como que Juan estuviera allí, como que Juan la mirara amorosamente, como que Juan hablara sólo para ella, como que Juan viviera dedicado a atenderla. Tan natural como que doña Rosario los dejara libres por el fundo. No preveía los acontecimientos, pero lo que pasaba era justamente lo que debía pasar, y de ahí la conformidad gozosa con que se avenía a todo.

Charlaban. Juan le contaba su vida. Ella la suya. Cada detalle, cada episodio del pasado se alargaba en las confidencias minuciosas que embelesaban al que oía. Tenía el uno para el otro una voleadura de confianza absoluta. La vida que no habían pasado juntos les parecía falta de sentido y de ahí que por la confidencia quisieran convivirla en el recuerdo, llenando ese vacío con las resonancias de la hora presente. Las lagunas que Juan estaba forzado a dejar en sombra --no era posible mostrarle esos negros pozos del instinto a la muchacha ingenua-- eran para él un tormento, un hurto innoble que hacía a la sinceridad inherente a su amor.

Otras veces Juan se sentaba a la sombra de algún árbol y Mena se entretenía en un juego pueril que el joven apreciaba como regalo de los ojos. Con un trozo de papel la chiquilla hacía prolijamente un barquito, luego hacía otro idéntico, ponía en cada cual una diferente hoja de árbol y entonces se daba a echarlos en el agua, cerca de una de las compuertas que desbordaban el canal sobre el verde de los tréboles. Desde el sitio donde los pusiera hasta aquella meta, corría por el borde, llena de alegría dando gritos jubilosos, palmoteando la llegada del primero. Una vez Juan le preguntó:

--¿Pero no es lo mismo que llegue uno que el otro?

--¡Oh! No. Cada vez pienso algo distinto, cada vez cargo a uno con una cosa diferente.

--Veamos; ¿qué quería decir que llegara éste primero?

--Puse... --y se lo quedó mirando sorprendida, llena luego de confusión.

--¿Qué? Diga...

--Pues que... Bueno: no lo digo.

--¿Secretos? Muy bien. Yo también haré lo posible por tener los míos.

--No, no, no es secreto... Es que... nuevamente se lo quedó mirando en suspenso adorable en su cortedad.

--Es que...

--Si llegaba éste primero, quería decir que... me casaba este año -- e hizo un puchero pronta a llorar, que le pareció terriblemente vergonzoso que acababa de decir.

Juan rió dulcemente

--Haremos lo posible por que el vaticinio salga cierto --dijo.

La chiquilla bajó la cabeza, y ya, por largo rato, a Juan le fue imposible verse en las pupilas confiadas que dejaban leer en su fondo con tanta claridad.

Cuando la sirena del molino cortaba el mediodía con su grito estridente, era el regresar a la casa emperezados por el calor. Allá los aguardaba la bondad de doña Rosario y el almuerzo listo era devorado con grande apetito, otra vez en la charla grata y en la alegría desbordante.

La siesta los separaba por unas horas. Juan se iba a casa de don Samuel, para hablar de asuntos de administración, y Mena tenía que darse a la obligación de leer los diarios a doña Rosario. Para Juan eran relativamente soportables esas horas en que el pensamiento de uno embargaba al otro, a tal punto que estaban distraídos y no sabían bien qué oían ni qué decían. Con dejar que don Samuel narrara sus historias sin fin fingiendo una atención cortés, para el mozo estaba solucionado el asunto. Pero en cambio, Mena tenía que leer las noticias de los diarios, comentándolas después con la señora. A veces resultaba que la chiquilla acababa de leer un párrafo y al hacer sobre él cualquiera observación, doña Rosario dábase cuenta de que Mena había leído aquello en forma mecánica, sin tomarle asunto, completamente distraída. Y como a ella le gustaba "el comento", según su propia expresión, las más de las veces hacía que Mena leyera de nuevo el párrafo, con atención, para que bien se empapara en lo que decía. Ese aferrarse a cosas indiferentes era para Mena el peor de los suplicios. Estaba atenta al tictac del reloj, queriendo apurarlo con su deseo, tensa a las campanadas que iban sonando graves, hasta que las cinco traían a Juan de casa de don Samuel y el té los llevaba al parque. Y después venía el buen vagar por el fundo, solos y dichosos.

Fue a esa hora de la siesta cuando se dieron el primer beso. Mena leía queriendo prestar atención a las palabras que pronunciaba. Pero el pensamiento se le iba a la casa del viejo administrador y veía a Juan arrellanado frente a don Samuel, escuchando con ojos perdidos de ensueño lo que éste contaba lleno de prolijidades. El reloj, con lujo de sonidos, dio las cuatro. Una hora aún... Entre las noticias del cable una anunciaba que en el mar Pacífico una isla se había hundido por la fuerza de los terremotos. Doña Rosario hizo su comentario de siempre y se empeño en ubicar exactamente la isla. ¿Estaba al norte de Ceylán? Y como Mena no lo supiera, la mandó al escritorio a consultar un diccionario enciclopédico. Allá, Mena abrió un armario, sacó el libro, lo puso sobre una mesa y se dio a buscar la letra. M... N... O...

Pero unos pasos resonaron en la galería, unos pasos que la hicieron alzarse y escuchar anhelante. Se detuvieron, la puerta entornada se abrió y Juan se quedó en el umbral, sorprendido y encantado. Lo imprevisto del encuentro los descontroló, sacándolos del marco de la reserva. La chiquilla dio un paso y Juan otro, y no supieron cómo se encontraron abrazados y tampoco cómo la cara de Mena se alzó y la de Juan bajó un tanto, y tampoco supieron cómo se encontraron las bocas y un largo beso los inmovilizó en una sensación de infinito. Y fue ese instante también el que puso en sus labios la dulzura del tú con que empezaron a tratarse.

No se dijeron una frase. Volvieron silenciosos al saloncito en que estaba la señora. Fue ella luego la que mantuvo la charla. Tomaron té. Y cuando salieron después a caballo, el mismo silencio reinó entre ellos durante todo el paseo. Se miraban. Se sonreían. Por momentos miraban el paisaje rosa del atardecer, sutilizados por la dicha a tal extremo que todo detalle se les revelaba nuevo y maravilloso. Y volvían a mirarse y a sonreírse.

Esa noche, en las gradas de la escalinata que daba al parque, mientras señora musitaba las avemarías de sus oraciones cerca de ellos, el mismo silencio les envolvía. Mena preguntó en un soplo:

--¿En qué piensas, Juan?

--En nada. Me dejaba penetrar por la dicha de estar juntos.

La chiquilla seguía en el mismo estado de estupor, sin poder analizar sus sentimientos, dándose sólo cuenta de que Juan era su vida, que para él pensaba, actuaba y alentaba. El muchacho, a su vez, trataba de prolongar la espera de las palabras definitivas, maravillado por la tensión de gozo que la certidumbre presentida ponía en sus sentimientos y en sus nervios. Pero en la misma forma en que llegó el beso, impensadamente, llegó el decirse lo que haría de su porvenir una unión.

Estaban en el frutillar. Mena recogía los frutos en un canasto de mimbre. Sentado bajo un manzano Juan la miraba, gozando como siempre con gracia de los movimientos ágiles. Cuando el canasto estuvo lleno, la chiquilla vino a sentarse a su lado. Y Juan dijo:

--¿Te acuerdas de la mañana en que te vi aquí mismo por la primera vez? Creo que desde entonces empecé a quererte.

--Pues te he llevado una gran ventaja. Yo te quise desde siempre. Sabía que había de encontrarte, y cuando te vi lo único que hice fue reconocerte. Cuando hablaste pidiéndome agua; levanté la cabeza sorprendida, porque el eco de tu voz me era familiar, lo tenía dentro, como tenía tu cara y tu figura. Y lo curioso es que esto, lo externo tuyo, correspondiera también en mi ilusión a lo que eres en carácter y en modalidad.

--¿Así es que al verme supiste inmediatamente que te querría, que habríamos de ser el uno para el otro?

--Pero claro. Y cuando te fuiste al día siguiente para Malleco no me morí de pena, porque sabía que a corto plazo habías de volver. Y te esperaba con tanta ansia que a veces me parecía sentir el paso tuyo, tu voz. Cuando te encontré con la madrina, en el parque, al principio creí que fuera mi deseo el que me hacía verte.

--Tal vez tú me lleves una ventaja en haberme querido primero, pero no creo que me quieras más de lo que te quiero yo a ti.

--Quién sabe... Quién sabe...

--Y ya que tantas cosas sabías, ¿tenías también idea de cuándo nos casaríamos?

Un rubor pasó por las mejillas de la chiquilla, una estompadura rosa que hizo notársele más el halo azuloso de las ojeras. Los ojos esquivaron los otros que se anublaban de emoción amorosa. La cabeza se inclinó. Entonces las manos de Juan avanzaron a atraerla y fue toda contra él como la chiquilla dijo con audacia pueril:

--Sabía que nos casaríamos a fin de mes, cuando el campo esté todo dorado de otoño.

Y efectivamente, se casaron a fines de abril, en el oratorio de El Rosario.

La señora había cuidado del ajuar de Mena con igual interés que si hubiera sido su madre.

Enriqueta y su flamante marido sirvieron de padrinos a Juan. Y como la hermana seguía tan fantástica como siempre, inundó en regalos a los novios.

--Hay que hacer ver a esta gente que soy tan rica como ellos --decía a Juan, que protestaba.

Lo cierto era que había amoblado de nuevo la casa de Malleco. Por su parte, Enrique hizo que instalaran teléfono y les mandó la cuchillería para la mesa, y esa mañana, al llegar para servir de padrino a Mena con doña Rosario, traía unos pendientes de brillantes que mandaba Eliana y un reloj de pulsera, regalo de Gabriela. A más del ajuar, doña Rosario le dio diez mil pesos en dinero a su pupila.

--Mi amigo --dijo Enrique--, me salí con la mía de echarle las bendiciones.

Después de la ceremonia se sirvió un almuerzo y en seguida los novios partieron en auto, para alcanzar en Púa el tren nocturno que había de llevarlos a Concepción.

Cuando la casa, el parque y el pueblecito quedaron atrás, Mena sintió que grandes lagrimones corrían por sus mejillas empalidecidas por la emoción.

--Mena... --dijo la voz de Juan temblorosamente.

--No sé por qué lloro... Estoy muy contenta...

--Mi mujercita... Linda... Mía... --la atraía a sus brazos.

Mena también buscaba ese refugio. Un largo rato se quedaron silenciosos. De pronto las pupilas de Mena cambiaron de expresión, se dilataron, se estriaron en fulgores; luego los párpados se bajaron, y la boca, cerrada, se presentó a la otra boca, que la buscaba con idéntica ansia de poseerse.

 

 

 

 

7

 

 

Dos años pasaron para ellos en la dulcedumbre de una dicha tranquila, tan adentro arraigada que sólo en leves detalles era perceptible.

Un hijo faltaba en aquel hogar. Mena se entristecía, pero otras veces, para ahuyentar su propia desesperanza, decía a Juan con su habla gorjeada:

--Todo no íbamos a tenerlo... Para qué pedir más cuando somos tan felices.

--¡Mi hijita! --contestaba el joven, enternecido.

Poseían el don de ser sencillos y de extraer y gozar la belleza de toda cosa.

Cuando en el verano los trabajos dejaban libre a Juan, se iban montaña adentro, sumiéndose en la maraña de los bosques.

Salían a media larde, y rectamente, por un atajo, atravesaban la vega seguidos por el perro en gozo de carreras y ladridos. Mena iba generalmente ritmando el paso a una cancioncilla de moda, y Juan se demoraba por verle la silueta maravillosa de armonía.

--Fresas... Fresas... --decía inclinándose--. Cuántas hay; ¿quieres?

Él la miraba sin contestar.

--Si no dices luego que sí, me las voy a comer todas.

--Trae una.

Sin alzarse tendía la mano, presentando a Juan el fruto jugoso y perfumado que ponía gotas de rubí sobre las pulidas uñas. Como él no la cogiera, la cara se alzaba en un violento escorzo, buscando los ojos el motivo de aquella abstención; entonces, inclinándose, Juan besaba ahincadamente la boca roja, llena de olor de bosques y de savia de juventud.

De un brinco, Mena rehuía la caricia y se iba lejos, saltando malezas con agilidad de animalillo retozón. "Boby la seguía ladrando y Juan iba tras ellos lentamente, encantados los ojos con la figura que se empequeñecía, apareciendo y desapareciendo entre los árboles, sin perder jamás la gracia de la línea.

Pero sus mayores placeres estaban en la laguna. Ya bogando a remo en el bote; ya pescando con caña a la espera paciente del salmón que picara; ya dejando la embarcación a la deriva en la corriente apenas perceptible que más que arrastrarla parecía acunarla; ya desembarcando en ribera de la montaña Negra, recogidos y emocionados por el enorme silencio de la naturaleza virgen; ya observando en las aguas bajas y tranquilas de la ensenada del embarcadero la voracidad de los peces, todos boca para atrapar las migas de pan que Mena les llevaba.

Cuando Juan tenía que ir por las tardes al aserradero, Mena, acompañada por el perro, iba a esperarlo junto a la cascada.

Había allí un árbol que era su predilecto; un roble centenario que estaba al borde mismo del abismo. La humedad y las filtraciones habían comido la tierra en torno al tronco y grandes muñones de raíces quedaban a descubierto formando sitiales.

Ahí se instalaba Mena, leyendo o bordando hasta que llegaba Juan. El perro se hacía un ovillo y se dormía o merodeaba por los contornos buscando palitos y piedrezuelas que venía a dejar en el regazo de la joven.

A veces, Mena se tendía de bruces cerca de un hormiguero y se pasaba horas viendo trabajar a las hormigas en el acarreo de trocitos de azúcar que ella misma les llevaba. En algunas ocasiones no podían arrastrar el pedazo demasiado grande, entonces lo fraccionaban y así podían hacerlo desaparecer por el agujero.

Mena se entusiasmaba locamente con estas ingeniosidades. Pero sucedió que una tarde se quedó dormida en medio de sus observaciones, agotada por el calor de un roce que ardía en las montañas de Collihaunqui. Despertó despavorida por las picaduras de las hormigas, que corrían por su cuello, por sus brazos desnudos, por las piernas también desnudas en las sandalias que calzaban sus pies.

Mientras sacudía con movimientos bruscos el negro enjambre, pensaba muy perpleja:

"¡Vaya con las hermanas hormigas! Lo que falta es que hayan querido estudiarme a mí..."

Le gustaba mirar el agua de la cascada, que sobre ella ejercía una atracción extraña. Cuando llegaba Juan rogaba mimosa:

--¿Cuándo me harás bajar? Deseo tanto verla desde el fondo.

--Mi queridita, no me pidas eso.

--Egoísta... Muy bien que tú bajaste.

--Pero no me arriesgaría otra vez.

Con un escalofrío recordaba su hazaña.

Las paredes que encajonaban la cascada estaban cortadas verticalmente sobre el nuevo curso del río. Sólo era posible descender atado a una cuerda, ya que tampoco se podía remontar el río desde el valle en que quedaba a flor de tierra, por las enormes piedras que obstruían la corriente, formando nuevas cascadas, pequeñitas e innumerables.

Juan se decidió y amarrado a la cintura por un lazo, hizo que varios hombres fueran lentamente sumiéndolo en el tajo fragoroso.

Sentía la sensación de diluirse en la verdosidad de los líquenes, de no tener voz entre el tronar ensordecedor que los ecos agigantaban, de no tener ojos ante los millones de gotas de agua que lo miraban. Llegó a que si la cuerda se cortaba no caería al fondo, sobre piedras y espuma, sino que permanecería suspendido sobre el abismo, por un milagro de su emoción.

Ya abajo, sobre las piedras que parecían animales de otras épocas, contempló la masa inmensa del agua, imponente y empequeñecedora. Vista desde abajo era tan blanca, tan pareja, que llegaba a engañar y a ratos parecía el agua inmóvil, como en estupor ante su propia grandeza.

Quiso andar, pero el lazo, amarrado arriba a un árbol, sólo le permitía algunos pasos. Entonces se sentó sobre el lomo de un monstruo de piedra y ahí se quedó, largamente, hasta que los hombres, con leves tirones, le advirtieron que era hora de ascender.

Empezó la subida lenta y brusca. En uno de esos movimientos que lastimaban sus muñecas sintió cómo el abismo tiraba de él, cómo sus pies se volvían de plomo, cómo la atmósfera húmeda se tornaba en su piel sudor de agonía, cómo la belleza se hacía horrenda ante el pavor de la muerte.

Llegó arriba casi desmayado: rotos los músculos y el cerebro en tinieblas.

¿Exponer a Mena a esas sensaciones? No. Nunca. Pasaba un brazo sobre los hombros débiles y lentamente tomaban el sendero que llevaba al camino; ahí Mena subía en las ancas del caballo que jineteaba Juan y se iban charlando, seguidos siempre por el perro.

La época invernal tenía otro encanto. Parecía que en la naturaleza desolada por el llover sin tregua, la vida se concentraba en ellos con mayor vigor.

Se levantaban tarde. Juan quería a veces protestar contra aquella pereza que los arrebujaba en la ropa tibia del lecho, mas su propio impulso amoroso sabía argüir razones tan convincentes que la holganza continuaba hasta mediodía.

La comida preparada por la Peta era devorada alegremente e iba devolviendo sus rosas de color a las mejillas empalidecidas de Mena. El comía risueño y feliz, dirigiendo un cumplido a la Peta por sus avances lentos, pero seguros, en el arte de guisar, riendo a veces al ver cómo se azoraba Mena al encontrar su mirada de malicia y de alegre complicidad.

--Señora --le decía--, si ya es usted una casada vieja. No es para que se ruborice de esa manera...

Pero en verdad le encantaba ese pudor que contrastaba con el manojo de nervios vibrantes que era en el escenario íntimo.

De su educación monjil tenía residuos de pueriles escrúpulos que divertían enormemente a Juan. Descansando junto a su cuerpo, ahíta de caricias, quedábase a veces meditativa, para esconder luego la cara en el pecho del marido murmurando:

--Yo creo que esto es pecado...

Las tardes transcurrían entre lecturas, paseos en el vestíbulo y el desempeño que para ambos entrañaba la administración del fundo y el manejo de la casa.

Había que conocer a la Peta para comprender cuánta paciencia se necesitaba para enseñarla. Veinte veces le explicaba Mena que el arroz se doraba en aceite antes de ponerle el agua hirviendo, el tomate y las presas de ave. Iba ella a prepararlo en repetidas ocasiones, y cuando le parecía que estaba segura de la receta la dejaba sola: generalmente resultaba algo imposible de comer. A fuerza de paciencia y de disgustos consiguió Mena enseñarle unos cuantos guisos y otros tantos postres, que después de muchos descalabros resultaban en su punto.

 

 

 

 

El crepúsculo rápido de las tardes invernales lo pasaban junto a la estufa-cocinilla del escritorio. Crepitaba la llama y la tetera daba un suave barboteo entre jirones de vaho. El perro se acurrucaba cerca, y cuando no dormía, se quedaba mirando el fuego con ojos de beatitud.

Afuera llovía incesantemente y rachas huracanadas estremecían la casa, haciendo silbar los maderos de las persianas. A veces, impelidas por el viento, varias gotas de agua caían por el tubo de la estufa sobre las llamas que las consumían chirriando.

Mena y Juan leían o charlaban muy arrebujados en chalones de lana cardada. La cultura superficial que su educación había dado a Mena iba ampliándose merced a las lecturas cuidadosamente elegidas por Juan: éste se complacía viéndola apasionarse por los libros con igual apasionamiento que el suyo.

Juan se quedaba mirándola absorta en la lectura, y cuando ella, imantada, levantaba los ojos; lo hacía partícipe de su deleite, leyendo en alta voz el trozo que la entusiasmaba.

Así descubrieron el placer de gustar juntos la literatura y se hizo costumbre en ellos leer en alta voz, lo que daba margen a grandes discusiones. Mena prefería los versos o aquellas obras escritas en forma de diario íntimo, que parecen por su estructura enteramente reales. Enrique Federico Amiel llegó a ser su predilecto y sabía de memoria trozos enteros, emotivos y dolorosos.

Juan prefería obras más naturalistas que leía a hurtadillas de Mena.

Un día la encontró de pie junto a la biblioteca con un libro entre las manos.

--No leas eso.

--¿Por qué?

--No es un libro para ti.

--¿Tú lo has leído?

--Sí, pero deja enfermo de asqueamiento.

Se quedó pensativa mirando la tapa en que la cara enfermiza de un hombre se destacaba y abajo en letras grandes decía el título: El Infierno.

--Vamos a castigarlo por malo, ¿quieres?

--Conforme.

Con un gesto pilluelo, Mena se dirigió a la estufa, donde, despedazado, el libro dio una gran llamarada.

Juan se inquietó después temiendo que su curiosidad, despierta, la llevara a la lectura de otros libros como aquél. No quería que su armiño perdiera albura en ninguna ciénaga. Hizo una prolija selección de libros, aunque era bien inútil ese trabajo: la joven no sentía curiosidad alguna por lo que su marido le impedía leer.

Sólo en un punto no acordaban: en sentimientos religiosos. Juan era un incrédulo y Mena tenía una fe viva, ardiente, tal vez un tanto pueril, pero no por eso menos intensa. Ambos, tácitamente, rehuían el tema, dejándose en completa libertad de sentimientos y de acción.

Cuando Mena, los domingos en la tarde, juntaba a los chiquillos de la hacienda para enseñarles catecismo, Juan se iba a revisar cuentas; cuando la encontraba rezando se esquivaba discretamente. Ella, por su parte, no lo instaba jamás a comulgar con sus ideas. Se contentaba con pedir a Dios, con el alma entera puesta en la oración, que con el tiempo fueran dos unidos por la fe en su presencia.

Algo chocaba a Juan: la aparente inconsciencia en que ella vivía respecto a su nacimiento. ¿Sospechaba algo? Tanto lo hurgaba este pensamiento, que una tarde que charlaban haciendo ambos recuerdos de niñez, empezó a sondearla con mucho tino. A raíz de una pregunta, bruscamente, Mena se echó en sus brazos llorando desconsolada.

--No..., no quiero pensar en eso..., ni menos hablarlo... Sí, sé... pero ni aun contigo quiero hablarlo... No..., por favor..., no...

--Mi niña --decía él afligido por esa pena que había provocado--, mi niña querida. Ya está... ¡Perdóname!

Nunca volvieron a tocar el punto doloroso. Pero desde que supo qué espina llevaba dentro, Juan sintió que su amor se acrecentaba.

Así, en la casita de la laguna la vida transcurría dichosa y serenamente.

 

 

 

 

8

 

 

A medio verano telefoneó Enrique que le prepararan alojamiento. Acababa de llegar a El Rosario, "ansioso de trabajo", y deseaba llegar con su actividad a Malleco para dar comienzo a varias reformas que juzgaba de suma necesidad.

Era la primera visita que Mena recibía después de casada.

Con una encantadora seriedad que agrandaba sus ojos y plegaba su boca en un gesto infantil, dio a Peta órdenes para la comida y ella misma fuese a preparar la habitación de Enrique.

Tenía Mena el arte de hacer agradable lo más vulgar. Arreglada por ella, la habitación se tornaba íntima y confortable por una serie de detalles que hacía olvidar la modestia de los muebles que antes habían sido los de Juan.

La cama de hierro esmaltado estaba cubierta por una colcha de cretona igual a las cortinas de las ventanas; frente a ésta había una mesa con recado de escribir y un pote de greda de Quinchamalí en que se mustiaban rosas silvestres; en un ángulo quedaba el ropero y en otro el lavatorio; en el velador había otro pote con rosas. La lámpara estaba vestida con una pantalla de seda malva. Sobre el piso encerado se extendían dos choapinos multicolores: uno junto a la cama, otro junto a la mesa.

Terminado el arreglo del dormitorio, Mena fuese al comedor, poniendo la mesa primorosamente con paños bordados, flores, la cristalería fina, la vajilla y la cuchillería nueva y una que otra figura decorativa.

Remudó las flores del escritorio y del vestíbulo, y entonces cayó en lo más arduo: ver cómo iba la comida en manos de la Peta.

Afortunadamente la Peta estaba posesionada de la gravedad del caso, y salvo que Merceditos al jugar con el perro había volcado un tarro de leche sobre los fideos, todo marchaba a maravilla. Mena hizo mil recomendaciones y volvió a su pieza a vestirse.

Peinó la melena que aureolaba su cabeza y se puso un traje de seda cruda, liso, sujeto a las caderas por un cinturón de cuero rojo, sin otro adorno que un vivo rojo en el escote y en las mangas muy cortas. Le gustaban los trajes que cayeran libremente, formando pliegues en torno a su cuerpo; aquello le daba la sensación de ir desnuda bajo la tela, que acusaba las formas adolescentes.

--¡Qué alma de pagana tienes! --solía decirle Juan cuando ella le explicaba por qué en su guardarropa sólo existía un modelo de traje.

A Mena la inquietaba el decir, pero luego se hacía la reflexión de que las santas están representadas con trajes sueltos, amplios, del arcaísmo que la encantaba.

Enrique llegó en auto al atardecer, furioso y renegando del mal estado del camino. Dos neumáticos habían reventado en la subida del Quillen, haciéndolo permanecer más de una hora tostándose al sol.

En el comedor, ante la mesa bien puesta, desarrugó un tanto el ceño y pronto los inundó en proyectos de reformas. Juan se imaginó que don Samuel lo había ahuyentado de El Rosario para quitarle de entre manos alguna innovación desatinada.

Mena se interesaba por saber noticias de la familia y sus preguntas se intercalaban a la charla de los jóvenes.

--¿Así que tampoco vendrá este año la madrina?

--Tampoco, Mena. Una de mis hermanas espera un hijo en este mes y mi madre está con ella, acompañándola.

--Tengo tantos deseos de ver a la madrina...

--Vayan este invierno a Santiago. Créanme que todos estaríamos encantados de tenerlos por allá.

--¡Quién sabe!

--¡Bah! No digas "¡Quién sabe!", con ese tono de duda. Di "Iremos" y verás cómo el viaje se realiza.

--Por mí... --y se quedó mirando a Juan interrogativamente.

--Es casi seguro --contestó éste -- que pidamos permiso en el invierno y pasemos fuera los meses peores, julio y agosto: entonces los trabajos están paralizados y no hago ninguna falta en el fundo.

--Desde luego el permiso está concedido --aseguró Enrique.

Bifurcó la conversación. Mena los observaba: Juan se veía más joven, siendo como eran de la misma edad, y teniendo mayor estatura.

Pequeño y farruto Enrique, con las mejillas sumidas y los ojos fatigados, parecía diez años mayor, avejentado por los dichosos oasis que su fortuna le proporcionaba. Un surco profundo bajaba por las mejillas desde la nariz hasta las comisuras de los labios, acentuando el sello de agotamiento.

Seguía Mena observándolos, complacida en la simpática fealdad de Juan. Emanaba de su frente amplia, de sus ojos de expresión bondadosa, de su nariz huesuda, de su boca grande y reidora, de sus fuertes dientes blanquísimos, de la barbilla cuadrada de voluntarioso, del cuerpo sano y atlético, una sensación de equilibrio, de fuerza protectora que confortaba.

Pensaba Mena que junto a Juan nada podía temer de la vida; él la dominaba. En cambio, Enrique era un polichinela que sólo se movía con los hilos de bajas pasioncillas.

Como siguieran hablando de trabajos agrícolas y de negocios, luego de servir el café, Mena se retiró.

Entonces Enrique dijo:

--Lo de los trabajos es una disculpa... ¡Que se vayan todos al infierno! Lo que pasa es esto: figúrese que mi... amiga, ¿entiende?, está en las termas y desde aquí me es fácil ir a verla sin que se entere don Samuel. ¡Me tienen loco entre don Samuel y mi madre! Han descubierto la hipoteca nueva que hice al fundo y, furiosa, mi madre no quiere largar chapa. Pero qué le importará a nadie que uno haga con su plata lo que le da la gana... Lo peor es que la Marcela, mi amiga, está acostumbrada a gastar a manos llenas y no hay medio de hacerla entrar en economías.

En realidad, lo que pasaba era esto: habilitado de edad y puesto en posesión de su herencia, no sólo había gastado como un insensato, sino que, no alcanzando las rentas para cubrir tanto despilfarro, echó mano a los préstamos, a las hipotecas y a la credulidad de doña Rosario, que le daba grandes sumas de dinero para quiméricos negocios hechos en la Argentina.

Harto de revolotear de mujer en mujer, dejando salud y fortuna en manos de cocottes más o menos importadas, halló por fin una bastante inteligente para conmoverlo con una fantástica historia de rapto y violación que interesó su pobre cerebro. Se creyó llamado a regenerar, se creyó una especie de príncipe ruso redentor de mujeres de vida airada y desde entonces vivió presa de Marcela: un pulpo que le chupaba dinero y energías sin saciarse jamás.

Y ahora, preso en sus propias redes, sin proyectos morales de regeneración --sino con una furia de macho que defiende a su hembra--, seguía aislándola celosamente de los demás con una muralla de oro.

Pero el dinero se acababa y las hipotecas y los préstamos se multiplicaban a la par que los intereses. Y el diablo --que esta vez tomó la pacífica figura de don Samuel-- tiró de la manta y toda la complicada red de chanchullos apareció ante los ojos indignados y estupefactos de doña Rosario.

Se lo llamó a dar cuenta de su conducta. El joven se rebeló. Ahogado por las deudas, tuvo al fin que inclinar la cabeza y avenirse a prometer futura vida sensata y laboriosa. A cambio de esta promesa doña Rosario pagaba a todos los acreedores.

Para comenzar esa nueva era de vida se lo mandó a El Rosario, junto a don Samuel, encargado de vigilarlo estrechamente, buscando principalmente por ese medio alejarlo de la mujer.

--Me tienen frito, compañero. Lo peor es que la Marcela no aguanta. Me había prometido estarse sosegada en Santiago hasta que yo viera modo de juntarnos sin despertar sospechas. Figúrese mi susto cuando la veo llegar a Selva Obscura. Casi me muero... La suerte fue que yo estaba en la estación. Se necesita ser una cabecita loca y encantadora como es la Marcela para llegar así, sin prevenir. La tuve un día escondida en casa de mi mama Juana. ¡Qué mujercita! En fin: convinimos que ella se viniera a las termas y que desde aquí iría yo a verla para decidir lo porvenir. ¿Cuántas horas hay de aquí a las termas?

--Dos apenas.

--Yo quiero irme mañana bien temprano. ¡Es lástima que no pueda hacer este viaje en auto! A las ocho me hará el favor de decir que me tengan el caballo y un mozo para que me acompañe.

--Está bien.

--No tengo necesidad de pedirle discreción, ¿no?

--Por cierto.

--Si ese viejo macuco me llama por teléfono, contéstele que ando en los potreros. No vaya a maliciar algo.

--Descuide.

--Prevenga a la Mena. Toda precaución me parece poca.

--Vaya tranquilo.

--Queda todo arreglado, entonces. Ahora me voy a acostar, estoy rendido con tanto traqueteo y emoción. Buenas noches, compañero.

En el vestíbulo se separaron.

"Estamos frescos --pensó Juan--, protegiendo estas porquerías."

Dudó un instante en si enterar o no a Mena; lo decidió a contarle toda la historia la convicción de que el propio Enrique había de referirle ese asunto delante de ella, en los días que aún debía permanecer en Malleco.

Mena se había acostado y, sentada en la cama, con las manos sujetando las rodillas y los ojos muy abiertos; escuchó lo que Juan contaba.

--¡Pero qué sucio! ¡Pero qué sucio! --repetía a cada pausa del joven.

--Menos mal que esa cabeza huera no pensó en traerla aquí.

--¡Cómo se te ocurre! --exclamó Mena con incredulidad.

--Capaz lo creo. Con lo loco que parece tenerlo la prójima...

--¿Qué tienen esas mujeres para que así las quieran?

--¿Quererlas? En esto me parece el deseo fijo de un enfermo. A eso no se le puede llamar cariño.

--¿Será joven la mujer?

--Esas mujeres no tienen edad. Espero que ésta lo abandonará pronto. No sé por qué este viaje me huele a inspección; debe venir la tal Marcelita a ver sobre el campo si aún queda dinero, para si no darle la patada. ¡Por mí, que se la dé cuanto antes!

--¡Pobre madrina! ¡Cómo sufrirá con estas cosas!

--Si la señora no se pone firme, está perdida. Aunque debe estar bien aconsejada por los yernos, que verán con poco agrado mermar el capital gracias a las locuras de Enrique.

--¿Y por qué no se les ocurrirá darle plata a la mujer para que se vaya?

--Lo harán cuando vean que Enrique es incapaz de dejarla..., es decir, si ella no lo deja antes, al ver la poca plata que queda. Esas mujeres son así.

--Hablas con un convencimiento...

--Que es experiencia en los demás.

--¡Miren el santurrón! A más de algunas conocerás, no, conocerías en otros tiempos...

--Para qué negarlo. No me creerías.

--Sí --se abrazaba a él apasionadamente--, te creería, porque como tú no hay otro. Mi marido. Mi Juan único...

--Mena... Loquita... --y los besos se llevaron toda otra idea que no fuera ellos mismos y la atracción que los unía.

 

 

 

 

Partió Enrique al día siguiente y en otros tres no apareció por la laguna. En la mañana del cuarto lo encontró Juan a medio camino de Tolhuaca. Volvieron juntos hasta la casa, y mientras caminaban, iba Enrique explicando qué lo traía.

Marcela quería conocer la laguna y la cascada. A ella le gustaban mucho las excursiones y como montaba muy bien a caballo estaba entusiasmada con la perspectiva. Además la vida en las termas era una lata, porque la totalidad de los veraneantes era gente bien que los aislaba, formándoles una atmósfera hostil que exasperaba a Marcela.

Ya tenían todo preparado para la excursión que sería el día siguiente. Él regresaba a las termas en seguida; había venido personalmente, porque necesitaba dinero. ¿No lo tenía Juan para los gastos del fundo? Que se lo diera mientras llegaba el que había pedido a un amigo santiaguino. En tres o cuatro días más podría devolvérselo y así don Samuel no se enteraría de nada.

Juan contestaba con monosílabos, muy hostigado con toda esa serie de embrollos que lentamente iban envolviéndolo.

Al llegar a la casa, Enrique dijo:

--No me bajo, para regresar al momento. Vaya por el dinero y haga el favor de ordenar que me traigan un vaso de cerveza.

Juan se apeó y fue a buscar mil pesos que recién le había mandado don Samuel para pago de los inquilinos. De paso dijo a la Peta que sirviera el refresco.

Cuando Juan volvió con el dinero ya Enrique había tomado la cerveza y en seguida se despidió:

--Hasta mañana, amigo.

Pero Juan, recalcando las palabras, lo detuvo.

--Oiga, Enrique, el fundo es suyo y puede traer a quien quiera a visitarlo. Pero la casa es mi hogar...

--No, pero cómo se le ocurre... No pensé nunca en traerla aquí. ¡Las cosas suyas! Almorzaremos en la cascada. Traeremos un canasto de picnic con todo lo necesario. No molestaremos en nada. Nos haremos chiquititos para pasar inadvertidos.

--Está bien.

--Queda entendido. Salude a la Mena.

--Hasta mañana.

--Adiós.

Viéndolo alejarse, Juan pensó:

"Menos mal, algo de sentido común le queda."

 

 

 

 

9

 

 

Al salir, a la mañana siguiente, Juan previno a su mujer:

--Enrique no tardará en pasar por aquí con la fulana. Ya te conté el proyecto que tenía. ¿No te parece conveniente quedarte en casa para evitar toda probabilidad de encuentro?

--Pero sí... --contestó Mena, distraída por otra preocupación.

--¿Qué te pasa? --dijo Juan, sorprendido porque todo el rato había estado silenciosa, cosa extraña en ella, de común charladora y riente.

--¿A mí? Nada... --y con un súbito arranque que lo desorientó se echó a reír diciendo --: Estoy muy contenta, ¿sabes?

--Bueno. Así me gusta verte.

Cuando a mediodía regresaba Juan del aserradero venía oteando el camino, creyendo divisar a cada vuelta la pareja excursionista. Comprobó que el no haberla encontrado era un desagrado para él.

"En esta soledad --se explicó para dar razón a la molestia que sentía--todo encuentro es agradable y proporciona solaz."

Comió distraído frente a Mena, que a su vez parecía absorta en sí misma. La actitud y el silencio de la joven, que en otra ocasión lo hubieran intrigado, le sirvieron de excusa a Juan que, con una precisión que lo maravillaba, con una especie de doble personalidad, iba siguiendo los detalles de la escena que debía estarse desarrollando junto a la cascada.

Acabado el almuerzo, Mena se retiró a descansar, porque, según dijo, le dolía la cabeza y quería dormir un rato.

--¿Quieres una aspirina?

--No, gracias. Creo que lo que tengo es sueño.

--Entonces, mientras tú duermes, yo aprovecho para ir al aserradero a dar una orden.

¿Para qué esa explicación que era una mentira?

Salió a escape y sin detenerse a juzgar lo que hacía, montó a caballo, tomando el camino de la cascada. El perro lo había seguido, y de pronto, como si en el animal hubiera algo de lo que quería poner lejos de Enrique y de la mujer, se detuvo, ahuyentándolo. El perro se alejaba unos pasos y volviéndose un poquito, lo miraba suplicante. Hasta que al rato de porfiar, el perro se convenció y volvió a la casa.

Entonces Juan se sintió libre.

Debían estar junto al roble predilecto de Mena y justamente en el arranque del sendero divisó dos caballos atados a unas quilas. Se bajó, ató el suyo junto a los otros y, siempre presuroso, siguiendo el impulso interno, marchó por la huella serpenteante.

Aumentaba el fragor de la cascada y el suelo se hacía resbaloso por las filtraciones. Tuvo que moderar el paso, porque había peligro en el sendero que ahora bordeaba el abismo.

Cuando divisó el roble se quedó perplejo viendo a Enrique de rodillas en el suelo, y a otro jovencito que, dándole la espalda, se extasiaba mirando despeñarse las aguas. No comprendió que era la mujer hasta que al hablar a gritos con Enrique, el jovencito se volvió sorprendido.

--¡Ah! Juan. Buenas tardes.

--Buenas tardes.

--Marcela... Marcela... Este es Juan Ramírez, el amigo de quien te hablé. Juan: la señorita Marcela Leblanc.

--Encantada --saludó tendiéndole la mano.

--Señorita, a sus órdenes.

--Vaya, Enrique, cae como llovido del cielo. No sabíamos qué hacer para encontrar agua. ¿No habrá alguna vertiente por estos lados?

--Justamente, por si necesitaban algo vine para acá.

--Es un colmo no tener agua para beber en un sitio donde sólo se ve y se oye agua...

Hablaba Marcela arrastrando las erres, con una voz ronca que hería el oído, pero desde luego no la juzgó Juan extranjera. El tipo era extraño. La melena rubia estaba partida al lado por una raya y con una gran onda tapaba la frente, que se adivinaba grande y abombada; bajo esa cortina las cejas desaparecían y los ojos se tornaban misteriosos, inquietantes y obscuros, rodeados por un halo azulino. Un trazo de pintura los alargaba tirándolos hacia las sienes en una línea oblicua, y ahí, en ese solo trazo, estaba íntegro el atractivo de la fisonomía que parecía venir de otras razas.

La cara era un triángulo que tenía por vértices las sienes y la barbilla aguzada. La boca se dibujaba alta y pequeña, bermellón y húmeda. La nariz de pilluelo, respingada y graciosa, parecía husmear la vida aleteando voluptuosamente.

Vestía botas altas, un pantalón de montar azul obscuro y una blusa camisa de seda blanca, abierta en el escote sobre la piel muy fina que debía ser al tacto más suave que la propia seda. La levita y el sombrero, los guantes y la fusta, complemento del traje, estaban tirados sobre una de las raíces del roble.

Juan advirtió a la primera mirada que aquel cuerpo, bajo el pantalón que deformaba las caderas diseñando nítidamente los muslos, tenía un atractivo extraño, un no sé qué de andrógino y perverso que atraía repeliendo.

--¿Hay o no hay agua? --preguntó Enrique, impaciente.

--Hay una vertiente allí, detrás de esas piedras.

--Vamos por ella. Tome. Lleve usted el frasco --dijo Marcela.

--Por aquí...

Iba adelante la mujer tarareando una cancioncilla de moda, un shimmy que avivaba el paso. De pronto preguntó:

--¿Usted vive aquí?

--Sí, señorita.

--¡Oh, la, la!... Lo compadezco... Y no me llame señorita: mi nombre es Marcela.

Siguió tarareando. Al andar era aún más desconcertante, porque la silueta masculina se perdía en el vaivén de su paso femenino e insinuante.

Llegaban a la vertiente. De entre las piedras que formaban la oquedad filtraba un hilillo de agua que, rebasando la taza del fondo, corría tenue hasta el borde del abismo.

--¿Vive solo?

--Soy casado.

--¡Ah!

Juan se inclinó llenando el frasco. La mujer parecía pensativa, y la boca, cerrada en un pliegue duro, hacía hermética la expresión.

--¿Este fundo es todo de Enrique?

--Sí, señorita.

--Valdrá mucho, ¿no?

--Millón y medio, o más.

--¿Pero está muy hipotecado?

--Eso es lo malo.

--¿Usted es amigo de Enrique?

--¿Amigo? No. Somos simplemente patrón y administrador.

--¡Ah! ¿Usted administra esto? Pero en nada se parece a ese viejo cretino que no me puede ver...

--Espero que no... --dijo Juan riendo.

--¿Sabía quién era yo?

--Enrique me avisó ayer que venía usted.

--Pero antes. ¿No le había hablado de mí?

--¿Antes? Sí, al llegar me contó los disgustos que había tenido con su familia: su, digamos, destierro a Selva Obscura, la llegada de usted al fundo y todo el resto.

--Pero de mí, de mí, mujer, ¿no le dijo nada?

--¿Quiere que le regale el oído?

Ella lo miraba por entre las pestañas que le rizaba el rimmel, y riendo de pronto; coqueta y cínica, preguntó:

--¿Lo cree bastante loco para casarse conmigo?

La pregunta desconcertó a Juan, que no sabiendo cómo barajarla, la devolvió con una broma:

--Serían pocos los que resistirían a la tentación de esa locura...

--¿Usted entre esos pocos?

--A mí no me tome en cuenta.

--¿Por qué?

--Porque... --e hizo un gesto vago.

Las pupilas de la mujer lo miraban atentas.

--Me gustaría que se volviera loco por mí, ¿sabe? Usted es una conquista que puede enorgullecer a cualquier mujer.

--¡Marcela! ¡Marcelaaa! --gritó la voz de Enrique ensordecida por el ruido de la cascada y la distancia.

--Ya está molestando ese... --Había tal dureza en la voz despectiva que Juan pensó cercana la hora de la ruptura. ¡Quedaba, además, tan, poco dinero!

Volvieron lentos. Ella siempre delante, y para hablarle volvía un poco la cabeza, mostrando la línea del perfil.

--¿Así es que si esto se rematara no daría mucho por las hipotecas?

--Así me parece.

--¿Cuánto daría?

--No puedo calcular.

--La que es muy rica es la señora, ¿no?

--Sí, mucho.

--¿Es muy vieja?

--No.

--Entonces hay mamá para rato...

Juan seguía el hilo del pensamiento de la mujer. Casarse con Enrique, rematar el fundo, vivir con ese dinero hasta la muerte de la señora...

--¿Así es que de esto no quedaría un millón de pesos, luego de pagadas todas las deudas?

--Pero no, nunca...; quedaría tan poco que tal vez no quedaría nada.

Llegaban al roble y Marcela lo invitó a almorzar. Le pesó la ligereza con que aceptó y le pesó tanto más cuanto notó que Enrique estaba molesto con la compañía.

Extendieron una servilleta en el suelo, se sentaron a la turca en torno y Marcela, adoptando aire de niña que juega a las comiditas con las muñecas, abrió el canasto de las vituallas, destapando las cajas niqueladas que contenían emparedados de diferentes clases, ave asada, pastas, dulces secos, queso, frutas. También había un termo con café y otro con agua. Enrique, por su parte, abrió una licorera y su mal humor se fue, volatilizado por el alcohol.

--¿Qué te parece la Marcela? --preguntó a Juan, tuteándolo.

--Muy bien.

--Poco dices.... Muy bien... Muy bien... Una mujer como ésta merece más adjetivos. Mira qué ojos: son como la noche, encubridora de todos los pecados... Mira qué boca: esos labios tienen la sabiduría de todos los besos.

Se exaltaba con el alcohol en un lirismo de pacotilla. A Juan le chocó que la mujer pareciera molesta y cambiara la conversación.

--Es encantador este paisaje. Me recuerda paisajes de España. Sí, tiene algo de la cascada de la Cola de Caballo, en el Monasterio de Piedra, cerca de Zaragoza.

--¿Conoce España? --preguntó Juan.

--Pregúnteme mejor qué país no conozco. He rodado tanto... -- Lo decía con amargura sincera e infinita, mientras sus ojos se perdían en el caleidoscopio de su vida azarosa.

Pero Enrique se impacientaba con el giro que tomaba la charla, y tras algunas vaguedades a propósito del cansancio, acabó por decir, luego que terminaron de almorzar:

--Estamos muy cansados con la madrugada.... Tenemos el proyecto de dormir la siesta bajo las quilas del monte.

--A buen entendedor... Juan se despidió.

--A sus órdenes, señorita.

--Marcela. Llámeme Marcela. Vaya a verme a las termas, me encantaría su visita.

--Será difícil... Quién sabe...

--No, no, no --dijo Enrique, que volvía a impacientarse--. Juan tiene razón al no asegurarte visita; el fundo no se puede dejar solo.

--Cállate, macaco.

--Pero...

--Adiós, señorita.

--Adiós, no, hasta pronto.

--Hasta la vista, Enrique.

Se fue presuroso. Cuando se alejaba, una racha de viento le trajo el eco de la voz de Marcela, que gritaba:

--Macaco... Bruto...

 

 

 

 

El día entero anduvo preocupado con el encuentro y a cada instante movía impaciente la cabeza, como queriendo deshacerse del recuerdo importuno.

Se sorprendió varias veces con el pensamiento enredado a las palabras de Marcela. Parecíale que su alma era una oquedad en que la voz de la mujer despertaba ecos desconocidos que lo inquietaban por lo intensos.

"¡Bah! --pensó--. En estas soledades cualquier encuentro tiene que hacer mella. Hace meses de meses que sólo veo a la Mena y a las gentes de la hacienda. No es raro que la presencia de esta mujer haya despertado en mí la curiosidad de verla y ahora que la conozco recuerde complacido su gracia canallesca. Porque siendo correcta en su comportamiento, hay en ella algo truhanesco, algo que es como un limo presentido en el fondo de una charca de agua transparente. Parece que, de pronto, entre la corrección de una frase, fuera a decir una grosería de hampa. Es bonita. Todo lo hermoso tiene absoluto derecho a nuestra admiración; luego, si llevo prendida la imagen de esta mujer al pensamiento, es en virtud de ese derecho."

Tranquilizado por estas explicaciones se le fueron las horas ceñidas por el recuerdo de Marcela. Como ya no analizaba sus sensaciones, sino que se sumía en ellas voluntariamente ciego, no notaba que la evocación se iba manchando con otros recuerdos que otras mujeres de esa clase, en categoría más baja, habían dejado en su vida.

Al regresar en la tarde a su casa venía deseando que nuevamente el Destino los pusiera frente a frente. Pero el camino, desde el altozano que atalayaba la vega, se perdía solitario en la lejanía azul.

--¿Se iría ya el patrón Enrique? --preguntó a Pancho, que salió a recibirlo.

--¡Puá!... Pasó como loco galopiando etrás e l'iñorita que anda con pantalones... Las cosas qu'inventan... Cuantimás yo l'igo a la Peta qu'es el fin del mundo...

--¿Pasaron temprano?

--A l'hora e la siesta. Serían como las tres. Las cosas. Ponerse pantalones...

Aquello quería decir que la siesta debajo de las quilas se había malogrado. En realidad, de verdad Enrique no estaba para paganismos de esa clase.

--¿Dónde está la señora? --preguntó a la Peta, que salía de la casa en el momento que él entraba.

--L'iñora s'acostó; le dolía muchazo l'estomo y la cabeza --contestó la mujer.

--Pónele un pucho en las sienes --aconsejó Pancho, que se había acercado.

--No quere por na. Lo que le voy a hacer es una poquita di'agua e manzanilla. Anda sentarme la tetera mientras yo voy al güerto.

 

 

 

 

Juan entró al dormitorio, que con las persianas cerradas estaba casi obscuro. A sus preguntas, Mena contestó que se había sentido enferma, pero que ya había pasado el malestar.

Le dio un beso y se fue a revisar cuentas hasta la hora de comer.

Volvió al dormitorio, que seguía a obscuras.

--¿Vas a tomar algo? - dijo solícito.

--No, nada.

--¿Siempre te sientes mal?

--Estoy mejor, pero no quiero comer. No tengo apetito.

--En cambio yo estoy muerto de hambre. Hasta luego. Haré por los dos los honores a la comida de la Peta.

Cuando atravesaba el vestíbulo, vio a "Boby" acurrucado en su rincón

--¡"Boby"! --dijo llamándolo.

El perro no se movió, pero empezó a gemir bajito.

--¡"Boby"! --volvió a llamar, y como el perro siguiera gimiendo sin moverse, le vino el recuerdo de que en la tarde lo había ahuyentado de mala manera. Un remordimiento lo cogió y acercándose fue a acarician la cabeza inteligente.

--Mi pobre viejo, perdóname. A veces uno hace muchas cosas por curiosidad. Vamos. Ven a comer conmigo. Mi viejo "Boby"...

El perro se dejaba acariciar, gimiendo siempre. Pero cuando Juan se alzó, castañeteando los dedos para invitarlo a seguirlo, loco de alegría echó a correr, ladrando en tal forma que Juan hubo de reñirlo por temor a que molestara a Mena.

Comieron muy amigablemente, dándose maña Juan para robarle a la Peta dos terrones de azúcar, que el perro fue a esconder debajo del felpudo del vestíbulo.

La mujer se ofendía si no les daban azúcar a Merceditos y a Panchito cada vez que se le daba al perro. Juan, de común, repartía entre los tres equitativamente las golosinas, pero a veces, para probar la inteligencia del perro, le alargaba por debajo del mantel un terrón que con mucha prudencia y disimulo iba "Boby" a esconder en sitio que estuviera libre de las miradas de la Peta.

En estas puerilidades se distrajo mientras comía. Luego se paseó un rato y se fue a acostar. Besó los párpados cerrados de Mena y silenciosamente empezó a desvestirse. Mena rebulló en la cama.

--¿Quieres algo?

--No, nada. Apaga pronto la luz, me duelen los ojos.

--Hasta mañana. Que descanses.

--Hasta mañana.

Apagada la luz, en el gran silencio de la noche campesina y de la casa quieta, se proyectó sobre la sombra la figura de Marcela.

No quería pensar en ella. No quería. No quería. Le dio asco ver en qué hondura iba ya su pensamiento. No quería. ¡Fuera! Mena enferma, el perro... Marcela..., No, no, no. ¿Qué había comido? Sopa. ¿De qué era la sopa? De estrellas... Marcela... No, no... La sopa no era de estrellas, era de pepas... Marcela... Marcela siempre... Marcela son-riendo... Marcela hablando... Marcela mirando... Marcela, siempre Marcela...

¡Oh! ¡Qué cansancio!

Hasta que se durmió.

 

 

 

 

10

 

 

Mena pasó mala noche y hubo de guardar cama. Juan la dejó recomendada a la Peta y se fue vega arriba a ver un animal que había aparecido hundido hasta medio cuerpo en un "putragán" y al cual había que salvar de las garras de la ciénaga.

Cuando regresó a almorzar se quedó estupefacto viendo a don Samuel en el escritorio acompañado por Mena, en bata y muy desencajada.

--¡Don Samuel! ¿Cómo le va?

--Como se pide, mi amigo. Veo que aquí están todos bien --dijo el viejecito, abrazándolo y luego palmoteándole la espalda.

--Así parece, porque yo creía a la Mena enferma y la encuentro en pie... Oiga, señora, ¿quién le dio a usted permiso para levantarse?

--Si estoy muy bien. Lo que tenía pasó. Era sueño.

--¿De verdad que te sientes bien?

--Pero sí.

Y tranquilizado preguntó a don Samuel:

--¿En su casa cómo están?

--Muy bien la chiquillería. La señora está con novedades para el invierno.

--¿Sí? ¿Cuántos son ya?

--Dieciséis. Al último le pusimos Benjamín creyendo que sería el conchito. Si éste llega a ser hombre, la plancha es grande. Menos mal, si es mujer. Se salva la situación poniéndole Benjamina. ¡Je! ¡Je! Es mucha cosa tener tanto hijo...

--¿Y cómo fue esto de venir para acá?

--¡No me hable, mi amigo! A misiá Rosario la va a matar a disgustos el perdido de Enrique y de refilón me va a matar a mí... Figúrese lo que pasa. Por un amigo que llegó a Santiago de las termas, supo la señora que Enrique estaba allá con la mujer esa. Ayer se me aparece en el fundo doña Rosario y aquí me tiene, en busca de Enrique, a quien la buena alma de su madre todavía tenía esperanzas de que encontrara aquí: ¡Y yo no estoy para estos viajes!

--¿Qué piensa hacer?

--No sé... Habrá que mandarle recado para que se venga, porque lo que es yo, no me encuentro capaz de llegar hasta las termas. ¡Estoy todo molido! Y eso que aún no me he enfriado: entonces será lo bueno. Habrá que mandar a buscar a Enrique con un mozo. Aunque no; espérese mejor sería que fuera usted a buscarlo.

--¿Yo? --dijo Juan, sorprendido desagradablemente--. No me gusta ni pizca la embajada.

--Al mozo no le haría caso --observó Mena.

--Ni a mí tampoco, aunque fuera.

--Sólo podemos ir usted o yo --dijo don Samuel--. A mí hay que descartarme: sólo queda usted. Hay que explicarle a esa cabeza loca que misiá Rosario es actualmente su única acreedora, y que en vista de su mal comportamiento está resuelta a hacer efectivos los cobros, quedándose todas las propiedades, estando, además, dispuesta a no darle un centavo para sus gastos personales. Sólo desistiría de este propósito si Enrique regresara a Selva Obscura, junto a la señora, que no piensa separarse un momento de su lado, para así vigilarlo. ¡A mí me ha engañado como a un chino!

Creyendo que en esta exclamación hubiera embozado un reproche para él, Juan trató de disculparse:

--Usted comprende, don Samuel... Yo no sabía qué actitud tomar. ¡Qué diablo! Al fin Enrique es el patrón.

--No, mi amigo. Nada se le reprocha a usted. Aquí el tonto fui yo, que era el único que podía obrar.

--Es bien desagradable todo esto --murmuró Juan.

--¿Entonces quedamos en que usted irá después de almuerzo?

--Pero... --Juan sabía qué miedo lo retenía.

--Di que irás --terció Mena--. ¡Pobre madrina! ¡Ella ha sido tan buena con nosotros! Hay que ayudarla en lo posible.

--Además --agregó don Samuel--, hay esto otro. Vea modo de hablar con la mujer sin que se entere Enrique y ofrézcale a nombre de la señora veinte mil pesos que le serán entregados en Buenos Aires. Ya que él es incapaz de dejarla, hay que hacer que la ruptura nazca de ella. Lo que teme misiá Rosario es que se case con la fulana. Entonces sí que la avería no tendría remedio...

--Casarse con ella... ¿Tan loco lo cree usted? --preguntó Mena.

--Usted es una niñita aún... Como ve, Juan, este recado no se puede confiar a un mozo, y por escrito no tendría ningún poder, ni la amenaza a Enrique, ni la oferta a la mujer.

--Iré --dijo al fin Juan.

Pero ni él mismo alcanzó a comprender que el abrazo en que envolvió a Mena era un refugio buscado por su debilidad latente.

Después de almuerzo partió.

 

 

 

 

Ancha y pastosa, la vega se alargaba bordeando el río, que se deslizaba a trozos azul mirando el cielo, a trozos verde reflejando los árboles, a trozos blanco cubierto por la espuma.

Bajo los árboles sesteaban los animales vacunos y en los faldeos de la montaña Mocha los rebaños de corderos pacían triscadores.

El ladrido de un perro sonaba tenaz, acercándose, alejándose, según persiguiera a la res rezagada.

Multitud de mariposas blancas volaban de flor en flor; a veces iban en nubes, luego se separaban formando una espiral y huían las parejas persiguiéndose.

Árboles calcinados por el roce se alzaban solitarios, grises de muerte. Bandadas de cachañas iban de una a otra ribera, asustando con su algarada a las tontas avutardas.

De montaña a río atravesó el valle una zorra, tan rápidamente que parecía una bola de pelos rojizos. La seguía un perro que junto al agua quedóse parado con una de las patas delanteras en alto y la nariz al viento, husmeando el rastro perdido. Si la zorra lo vio desde la montaña Negra volverse al rato y atravesar de nuevo el valle, debió reírse de su aire derrotado: rabo entre piernas y orejas gachas.

Tábanos azules con alas de un sucio gris se emporcaban en todas las inmundicias, volando zumbadores.

En el fondo del valle aparecía la calva parda del Tolhuaca y el Lonquimay asomaba a retaguardia, blancas de nieve las aristas de sus molares agudos.

Iba Juan absorto en la embajada que cada vez se le hacía más odiosa. Galopaba el caballo, flojas las riendas entre las manos distraídas del joven. Al juntarse las montañas cerrando nuevamente el valle, Juan acortó el paso de la bestia y cuidadoso empezó a dirigirla, siguiendo una huella que serpenteaba entre los árboles, al borde mismo del río. Más el caballo --pequeño de alzada y nervioso de remos-- iba con mayor tino que el joven, buscando sitio firme en qué posar las uñas sin herraduras. Había momentos en que Juan se inclinaba sobre el cuello del animal para evitar el choque con las quilas que formaban largos túneles al doblarse a su propio peso.

Las copihueras y las fucsias policromaban el paisaje con tonos restallantes de rojo, de morado, de blanco. Las araucarias abrían los brazos, sujetando las cabezas erizadas de púas de las piñas.

Descendía el caminito el ribazo para vadear el río. El caballo bajó de lado, dejando en parte resbalar las manos para afianzarse mejor; ya en el vado, fue buscando prudentemente las piedras más grandes en qué posarse. Juan lo dejaba hacer, seguro de su instinto. Ya en la otra orilla, el caballo pareció darse cuenta de su bondad, porque la cabeza se irguió con donaire y las manos parecieron jugar a cuál se alzaba más.

Seguía el camino más abierto, sinuoso siempre, pero ahora en descenso. Pasó junto a unas casuchas hechas en un claro de la montaña. Por las rendijas de los techos salía un humo espeso y en torno había varios tender cleros de ropa blanca. Entre las breñas se adivinaba el agua de un riacho y los golpes con que las lavanderas apaleaban la ropa repercutían en al silencio con insistente sonoridad.

Atravesó nuevamente el río y ahora por un camino anchuroso pasó junto a una cancha de tenis llena de niños que jugaban cantando en ronda. Y al poco desembocó en la plazoleta donde se alzaban los edificios de Tolhuaca.

Se apeó, entregó el caballo a un mozo que salió a recibirlo, yéndose en seguida a la oficina en busca del número de la habitación de Enrique.'

Ya desprendido de la preocupación del camino peligroso que le embotara la excitación, sintió cómo ésta se apoderaba de él nuevamente, atirantándole los nervios. Tenía la boca seca de ansiedad cuando llamó a la puerta que le indicaron.

--¿Se puede?

--Adelante.

Sumida en una poltrona, Marcela leía. Creyó tal vez que fuera el mozo quien llamara, pues no levantó los ojos del libro. Juan la miraba silencioso. Vestía una bata de seda malva, algo como una túnica que dejaba desnudos los brazos y el cuello, sujetándose a los hombros por una cinta de plata. Una cinta igual ceñía a las caderas los pliegues amplios:

Juan debió quemarla con la mirada que se hacía llama, porque la mujer levantó los párpados, y mirándolo, se quedó un momento sorprendida.

--¡Ah! Usted. ¡Qué gentil idea!

--Buenas tardes.

--Buenas tardes. ¡Qué bueno que haya venido! Estoy como una ostra de aburrida...

--¿Y Enrique?

--Ahí está, durmiendo la mona de anoche.

--¡Ah!

Efectivamente, ahí, sobre la cama, medio desvestido, tapado con una manta que arrastraba por el suelo, Enrique dormía sirviéndole de almohada su propio brazo.

--Mejor --dijo Juan a media voz--, así podremos hablar con mayor libertad.

--¿Libertad? --interrogó Marcela, enarcando las cejas--. ¿Libertad o libertinaje?

--No, no. Verá. Vengo mandado por la familia de Enrique.

--¡Ah! --Había Indiferencia en la exclamación.

--Óigame. La señora supo que Enrique estaba aquí con usted y lo manda a buscar so pena de quitarle todas sus propiedades, ya que actualmente es ella es su única acreedora. Pero... --vacilaba; la actitud tranquila, de simple atención de la mujer, lo impulsó a seguir--, como la señora comprende que no puede privar a usted así, bruscamente, de quien..., Enrique..., de...

--De quien me mantiene --completó ella haciendo un mohín burlesco.

--Bueno, sí; pues le ofrece veinte mil pesos como...

--Indemnización -- agregó, viéndolo vacilar nuevamente.

--Que se le entregarán en Buenos Aires; fíjese bien, en Buenos Aires, en el banco que usted indique.

--Perfectamente. Nunca bahía encontrado una señora con tan buen, sentido.

--Para cancelar los gastos de la estada en las termas y de su regreso a Santiago, aquí tiene dos mil pesos.

--Déjelos ahí, no, acá, sobre la mesa.

No parecía molesta ni avergonzada. Seguía en una pose de abandono que no traicionaba fingimiento. De pie, frente a ella, Juan la miraba embarazado, sin saber qué hacer ni qué decir, ya que su misión cerca de ella había terminado. Debía ahora hablar con Enrique, despertarlo, darle el recado de su madre, marcharse; sí, marcharse; pero en vez de despertar al joven, cogido por el encanto de la mujer, se quedó mirándola embobado.

Ella dijo riendo:

--Ahora que el negocio está terminado hablemos de nosotros. Venga.

Se había puesto en pie y la bata, al ceñirla, más que cubrirla, la desnudaba como el velo húmedo a una estatua.

Lo atrajo tomándolo de las manos y fueron ambos a sentarse en un sofá, frente al balcón abierto sobre la montaña umbrosa.

Así, tan cerca, rozando su rodilla cubierta apenas por la seda, sintiendo el perfume violento que emanaba de ella, más embriagador por el vaho de juventud a que se mezclaba, oyéndola hablar con su áspero acento, Juan sentía que su voluntad de rechazar el embrujo de la mujer se disgregaba.

--No me da más --decía en tono de confidencia--. No crea sequedad de corazón esta indiferencia al separarme de Enrique. Nunca lo he querido, nunca. A esta vida que hago me impulsó... la desgracia, tal- vez. No me creo mala, me creo un pobre ser de lujo que necesita de él, como todos necesitan del aire para vivir. Este lujo me lo proporciono como puedo. Nadie me enseñó a proporcionármelo de otro modo. Para condenarlas al trabajo tengo, además, las manos demasiado bonitas. ¿No le parece?

Acercaba a los ojos del joven sus manos realmente extraordinarias de forma y colorido: largas, delgadas, con dedos ahusados, con uñas almendradas pulidas como espejuelos; muy pálidas y de una suavidad sedeña.

Sin saber cómo, Juan las besó al tenerlas cerca de la boca. Las manos parecieron enfadarse y una golpeó levemente la boca atrevida. Sólo manos participaron del enojo, porque las pupilas siguieron reidora fijas en las del joven y la voz continuó la historia que encantaba como un filtro:

--Hallar un hombre que me saque de esta miseria moral. ¡Estoy tan asqueada de esta vida! Hallar uno libre de prejuicios. Si yo he vivido así, rodando tanto, ha sido para no morirme de hambre. En cambio, yo sé de tantas grandes señoras por nacimiento y fortuna que si tienen un amante es por curiosidad o por vicio, que ni siquiera tienen la disculpa del amor... Hallar un hombre bueno que me quiera y me redima. No soy mala. ¡Se lo juro! Creí que Enrique, sí, cuando empezó nuestra unión, creí que el me sacaría del pozo. Como todos, éste sólo se preocupa de su placer. ¡Pelele!

Se contradecía. Contradictoria y absurda, aquella historia había enredado a tantos... Ahora la repetía como un ensayo, riendo interiormente al ver que siempre hacía efecto.

--Enrique nada puede. La familia lo ata.

--A éste lo odio.

--¿Por qué?

--Aborrezco a todos los hombres que me han tenido por dinero. Usted es pobre, sí, lo sé, sólo tiene su sueldo: una miseria. Pues bien: por un beso de amor suyo, sincero, daría toda mi vida.

--¿Tanto? --dijo Juan en broma, mas estremecido por el impulso de tomarla y sorberla a besos.

--Y aún sería poco... --se desperezaba felina, haciendo temblar los senos bajo la seda casi transparente.

Un rato se quedaron inmóviles, mudos: temeroso Juan del movimiento que podría traicionar su anhelo, triunfante Marcela al ver cómo el filtro era siempre eficaz.

Por el balcón entraba arrastrado por el viento todo el perfume de la montaña: olor a resina, a menta, a arrayán, a tomillo, a tierra húmeda, a yerba talada.

Y, de pronto, en el silencio de la tarde, la bocina de un auto sonó bronca y repetida, llamado gutural de un monstruo.

Despertaba Enrique y para Juan fue un alivio encauzar la conversación por otro rumbo.

Puso mala cara Enrique al ver al visitante; éste empezó con ciertos circunloquios a explicarle el motivo de su venida, pero Marcela lo interrumpió ruda y rápida, explicando claramente:

--Tu madre está en Selva Obscura. Te manda a buscar. Si te niegas te ejecutan judicialmente por cobro de pesos. Por mi parte, te anuncio que me voy a Buenos Aires.

--¡Ah! --exclamó aturdido Enrique.

Sobre la niebla de su espíritu, aún bajo el efecto del alcohol, la noticia cayó aplastante. Sólo cuando Marcela habló de partir salió de su estupor.

--No quiero que te vayas. Yo me quedo contigo.

--Contigo pan y cebolla --tarareó la mujer--. No, hijito, ya pasaron esos tiempos.

--Cuando hay cariño no se piensa en esas cosas. Además, yo no estoy arruinado. Me queda el fundo...

--El fundo, sí, con más hipotecas que árboles:

--Cuando hay cariño no se piensa en esas cosas.

--Romanticismos no, hijito, que están muy pasados de moda.

--Marcela, por todo lo que hemos gozado juntos, ¡no lo eches a broma!

--No bromeo. Estoy más seria que Salomón. ¿Salomón era serio? -- preguntó a Juan riendo.

--¡Marcela! --reprochó Enrique con voz quebrada.

Juan los oía disgustado con la disputa que seguía tenaz.

--Me voy --dijo--. ¿En qué quedamos?

--En que éste se va mañana en el primer tren --contestó Marcela--. Ya me encargaré de hacerlo partir. Yo me iré pasado mañana, estaré unos días en Santiago arreglando mis cosas y en seguida partiré a Buenos Aires, en busca de aires más propicios. Tome --apuntaba una dirección en la cartulina de una tarjeta--, esto le será necesario.

--No quiero que te vayas --repetía Enrique con porfía de niño caprichoso.

--No hay más que conformarse --aconsejó. Juan--. Mejor que nadie sabe usted cómo están sus negocios de enredados: no hay otro recurso que inclinar la cabeza y obedecer.

--No quiero que te vayas --repetía y repetía, siempre con voz quebrada, de la cual parecía que iba a brotar llanto.

--Me voy --prosiguió Juan--. Hasta luego, Enrique; pronto nos veremos en El Rosario.

--No quiero que te vayas... No quiero que te vayas... --seguía repitiendo el otro, sin oírlo, fijos los ojos en el vacío.

Juan se volvió a Marcela para despedirse y un momento se inmovilizó mirándola. La mujer sonreía a esa mirada que era un tacto. La boca roja sobre los dientes menudos y albos era una tentación para el muchacho. Con un movimiento suave y firme Marcela se fue acercando hasta pegar todo su cuerpo contra el cuerpo de Juan y decir a su oído con un vaho cálido que lo trastornó:

--Mañana te espero a almorzar. Ven.

Juan salió. Afuera dio dos pasos vacilantes y un momento cerró los párpados para dejar pasar el vértigo. ¡Cómo sabía la ladina remover todo el barro que hay en el fondo de la humana naturaleza!

Avergonzado de su debilidad, un solo impulso le devolvió el control de sí mismo:

"¡Qué miseria somos!", pensó.

Regresando por la montaña, dejó al caballo el trabajo de buscar el camino.

Traía un caos en el cerebro. El no quería, no podía dejarse enredar por aquella mujer que sólo trataba de jugar con él, como se juega con cualquier juguete cuando el aburrimiento ciñe las horas. Aquella mujer sólo quería dinero. Él no podía dárselo. ¿Se ofrecía, entonces, en un súbito capricho? No estaba él para desquiciar su vida apacible y dichosa en una aventura que para la mujer sería un episodio sin importancia, pero que para él podía ser "la aventura", es decir, lo imprevisto. ¿Adónde podía llevarlo el deseo satisfecho? ¿A la saciedad? ¿Al hastío? ¿A la indiferencia? ¿A la pasión? La aventura... Había que defenderse de su atractivo con todas las fuerzas.

Su determinación moría frente al pavor de las fuerzas ocultas. Ante el deseo que se alzaba del fondo de su ser buscando el placer donde estuviera. En ese punto reaccionaba. Él era "él": dueño de sí mismo, de su pensamiento, de su voluntad.

En la tarde azul, sedante y quieta, el galope del caballo por la vega sonaba acompasadamente e iba embotando su excitación nerviosa.

 

 

 

 

11

 

 

Don Samuel pareció contento con el éxito de la embajada y habló de marchar a primera hora el día siguiente. Quería él mismo prevenir a doña Rosario de la llegada de Enrique, estando presente en la primera entrevista que tuvieran madre e hijo, temeroso de que éste, exasperado, provocara una escena violenta.

Comieron alegres y charladores. Don Samuel sólo sabía contar hazañas de Benjamín, un niño prodigio según él.

Mena lo oía quieta y atenta, iluminada por una luz que esplendía de sus ojos, sumidos en la sombra de grandes ojeras violáceas.

Juan aferraba la atención a las pequeñeces que contaba el viejecito, desesperado al comprobar que a cada descuido la imaginación le huía sin freno, justamente adonde él no quería que fuese.

--Es lo más habiloso --proseguía don Samuel, chocheando--. ¿Saben lo que hizo el otro día? Figúrense que llegó de visita la comadre Rosa Lagos con el ahijado Ramón, que es un año mayor que Benjamín. El niño estaba en su caballo de madera. Ramoncito lo quiere bajar a coscachos para subir él. Entonces Benjamín se baja, se pone muy serio, mete las manos en les bolsillos del mameluco y le dice: "Roto, mugriento, vienes a mi casa de visita y todavía me pegas". ¡Je! ¡Je! ¿Qué le parece, Mena? Es lince el niño, ¿no?

--Pero sí...

--¡Es muy diablazo el pícaro!

--¿Cuántos años tiene?

--Dos cumplidos. Nació cuando ustedes se casaron. ¿No se acuerdan que mi señora no pudo asistir al matrimonio?

--Dos años...--murmuró Mena soñadora.

--Dos años, pues. Para tres van ya. Me parece que ya es tiempo de que ustedes hagan un encarguito. ¡Je!

Juan miró riéndose a Mena y se quedó sorprendido por la luz que irradiaban sus pupilas fijas en él. La broma con que iba a contestar a don Samuel murió en sus labios.

Sé quedó mirando a Mena, mirándola, mirándola, como si aquellos días últimos en que su espíritu andaba liado a otros asuntos hubieran sido meses, como si de pronto se destacara en las sombras rodeada de un halo luminoso.

¡Oh! ¿Sería...?

La miraba: fatigada la pose, hondos los ojos, levemente manchado el cutis. Sonreía a algo lejano con las pupilas fijas en las de Juan. Y éste iba construyendo una certeza con pequeños hechos pasados. No hablaron, siempre con las pupilas fijas uno en otro.

Don Samuel se fue al poco rato, alegando cansancio, en realidad ofendido por el vacío que hacían a su charla.

Un momento se quedaron inmóviles, hasta que una puerta se cerró en el vestíbulo. Un mismo impulso los echó entonces uno en brazos del otro.

Juan balbuceó:

--¿Es cierto?

--Sí --contestó, ocultándose a su mirada, roja de emoción y de triunfo.

--Mena --y el abrazo se hacía tenue y la voz temblorosa en el sobresalto del nuevo sentimiento que nacía en él.

Hasta muy tarde se quedaron en el comedor hablando en un cuchicheo íntimo de la buena nueva.

--No me atrevía a creerlo --decía Mena, deliciosa en su confusión--, y menos me atrevía a decírtelo. Yo quería que tú adivinaras y no hacía más que pensar en eso, para transmitirte mi pensamiento.

--Mi mujercita --murmuraba Juan, besando la frente que abrigara ese deseo.

La campana del reloj del vestíbulo los admiró dando la medianoche: doce campanadas que se hundieron sonoramente en el silencio.

--A la cama, señora. ¿Qué hora es ésta para estar en pie una futura mamita?

--Mamita... --repitió suavemente Mena--, voy a ser una mamita...

Se fueron al dormitorio, y aunque Juan quería obligarla a callar con su silencio, Mena rebullía charlando y riendo gozosa. Hasta que el sueño la rindió.

 

 

 

 

Dormía profundamente cuando Juan despertó y sin ruido fue vistiéndose para despedir a don Samuel.

De pronto, en el ritmo ligero que cantaba en su corazón una canción de cuna, la voz de Marcela repercutió rompiendo el embeleso. Pero resonaba lejos, como un eco apenas, se perdía y de nuevo, victoriosamente, la armonía que anunciaba la llegada del hijo resonó en su corazón.

Entonces se atrevió a evocar la imagen de la mujer. Estaba ahí, frente a él, con la cara de ámbar tostado en que los ojos prometían placeres, en que la nariz parecía desafiar con el gestillo pilluelo, en que la boca breve y pulposa se plegaba en un beso. La miró... y fríamente, con una ironía triste, pensó:

"¡Qué lejano me parece todo eso! Bienvenido el que ahuyenta esa miseria."

Despertaba Mena. Quería levantarse.

--No te levantes.

--Pero...

--Tienes que cuidarte.

--Pero ¿qué dirá don Samuel?

--¡Que diga lo que diga! No faltaba más... Yo me encargaré de disculparte, no te apures.

--Oye.

--¿Qué?

--Es que... --medio incorporada, sonreía muy pueril en su apuro.

--¿Qué quieres, querida? --Se había sentado en el borde de la cama, tratándola con un no sé qué de paternal y delicado.

--Es que yo... --jugaba con un botón de la cazadora de Juan, dando una que otra mirada al rostro que la observaba atento--. Quisiera..., no te rías. Quisiera contarlo a don Samuel...; no me mires..., para que él se lo cuente a la madrina. Yo no me atreveré jamás a escribírselo. Es terriblemente complicado decir eso, no creas... --concluyó de un tirón.

--¿No era más que eso? ¿No quiere otra cosa mi mujercita linda?

--Que cada día me quieras más.

--Mena --besaba la manecita que jugaba con el botón.

--Hasta luego, mi Juan.

Salió. Don Samuel tomaba ya desayuno, un desayuno muy suculento, compuesto de un trozo de carne asada fría, de huevos, de leche con mote, pan moreno, queso y mantequilla.

--Buenos días. ¿Cómo amaneció, don Samuel?

--Con los huesos todos molidos..., y esto no es nada para como voy a estar mañana. ¿Y la Mena?

--La Mena no está bien. La disculpará que no se despida.

--Faltaba más... ¿Supongo que no será grave lo que tiene?

--No, no, y espero que en el transcurso de estos meses nada le pase. Seguimos su ejemplo, mi amigo.

--¡ Je! ¡Je! ¡Conque ésas teníamos! Algo me había maliciado yo... Tengo un ojo para esas cosas... Figúrese, con dieciséis veces que la señora ha pasado por este trance... ¡Je! ¡Je! Lo felicito, mí amigo. Una casa sin chiquillos es como un jardín sin flores. ¡Je! Con esta buena noticia le voy a llegar a doña Rosario.

Se fue feliz, después de hacer recomendación a Juan. Prometió, además, que su señora le escribiría a Mena, dándole consejos que la repetida práctica en semejante caso hacía infalible.

--Hasta la vista, amigo.

--Hasta la vista, don Samuel.

Ido el viejecito, Juan montó a caballo y a su vez partió al aserradero a dar un vistazo a los trabajos.

Iba feliz, contento con la mañana de un azul intenso, diáfano y radioso, en que los pájaros se volvían locos cantando y los árboles se desperezaban al viento, remozados por el rocío.

En el aserradero encontró al mecánico muy perplejo ante la sierra que no quería funcionar.

--No puedo encontrarle la falla, patrón --explicó el muchacho.

--Veamos --contestó Juan.

Cambió la cazadora por un mameluco y la mañana entera se le fue revisando la máquina, sin encontrar la avería.

Cuándo volvió a almorzar iba fastidiado con el percance que tal vez lo obligaría a pedir un técnico a Concepción.

El caballito --el mismo que la víspera lo llevara a las termas--marchababa a buen paso, arrimándose a la cuneta para alcanzar algún brote de quila que mascaba golosamente.

El fragor de la cascada se acercaba. Un vilano blanco revoló un rato junto a Juan, que lo miraba enternecido, viendo en la pelusilla sedosa un anuncio de dicha.

Mena lo esperaba en el apeadero. El almuerzo fue una fiesta, que ya ambos estaban embriagados de proyectos para lo porvenir. Juan advertía que ya no había cortedad alguna en la joven. Hablaba segura y rápida, quitándole la palabra, disponiendo, corrigiendo autoritaria.

--Se llamará Juan.

--¿Y si es niña?

--¡Cómo se te ocurre! Será niño, y le pondremos Juan.

--¿Y si es niña?

--Cuando yo te digo que será niño. Y muy lindo. Se parecerá a ti, tendrá tus ojos y tu pelo y tu boca. Será igualito a ti. La facha que me voy a dar de mamá.

--Mamá --repitió Juan.

Parecióle que sólo entonces se daba cuenta de que aquella mujercita frágil sería deformada por la maternidad. Hasta entonces no se había hecho la imagen mental de la joven acunando al hijo, amamantándolo, gorjeando ambos en esos diálogos incomprensibles y deliciosos.

--Mamá... Mamacita... --volvió a decir con voz que acariciaba cada sílaba.

--Haré que me llame madre, es más noble la palabra. Hay que encargar una cuna. Esta tarde le escribiré a doña Teresa dándole la noticia.

--Pero no decías que era tan complicado, tan terriblemente complicado decir eso...

--Ya no me parece tanto. Eso era ayer. Le escribiré a doña Teresa y también a Enriqueta para que me compre batista y lana y una cantidad de cosas necesarias. Vas a ver qué maravillas haré para mi hijo. ¡Ah! ¿Sabes? Tienes que encargar un caballito chilote para que monte el niño, un mampato igual al que tienen los hijos de don Samuel.

-- ¿Pero tú crees que tu hijo nacerá de cinco años?

--¡Bah! No te rías de mí...Siempre que me lo imagino lo veo grande, juguetón, parlanchín. Juan. Juancito. Juanito. Juancho. ¿Cómo lo llamaremos?

--De ninguna de esas maneras, porque será mujer. Se parecerá a ti...

--No, no, mi hijo es mío y yo quiero que sea hombre.

--Vaya, señora, me parece que su hijo también es mío.

Se calló sorprendida y luego dijo riendo:

--Pero claro, tonto. Eso sí que lo quiero niño. Di que será niño...

--Bueno, éste será niño, pero el otro será niña.

--¿Esos son consejos de don Samuel?

Y la charla seguía, loca y encantadora, girando siempre en tomo al bienvenido.

Juan volvió al aserradero a revisar nuevamente la sierra obstinada en no funcionar. A las cuatro se decidió a volver a la casa, para telefonear a don Samuel el percance, preguntando qué hacía: si traer otro mecánico de Victoria o telegrafiar a Concepción a la casa importadora de las máquinas para que mandaran un técnico.

Volvía cuando divisó, a mitad de camino, cerca de la cascada, un jinete que oteaba el desfiladero. Tuvo un brusco sobresalto al reconocer a Marcela y una ira enorme fue llenándolo al verla acercarse al galope.

--Buenas tardes, ingrato. Hasta las dos lo esperé a almorzar; viendo que no llegaba me decidí a venir --hablaba coquetamente, segura de su encanto.

Libre de Enrique desde la mañana, cansada de la noche de discusiones, de injurias y de súplicas con que el pobre iluso trataba de conservarla, un sueño pesado la cogió hasta el mediodía.

Despertó confusa, sin recordar hasta después las penosas escenas de la separación. Entonces un sentimiento de libertad la hizo alzarse con júbilo, tarareando una marcha que avivaba su vestirse. Parecíale que un alma de juventud nacía en ella.

"A quien se muda Dios le ayuda --pensaba--, aunque creo que a mí más me ayudará el demonio... Libre del pelele de Enrique, en Buenos Aires, y con dinero. ¡La gran vida! Estos días de montaña me han hecho bien, estoy más joven, ¡psch!, apenas si los ojos un tanto fatigados. Un poco de rimmel, un poco de mandarina, un poco de rouge, una mano de polvos y todo queda arreglado maravillosamente. Con esta cara y con dinero puedo llegar a Buenos Aires con todo rango y atrapar un pez gordo. La una, ¡qué tarde! Bajo a escape a almorzar. --Se acordó entonces de su invitado y sonriendo pensó que no se había atrevido a ir--. Para pasar el rato no está mal el tipo; lástima que no tenga dinero, si no... ¡Rey muerto, rey puesto! ¿Lo esperaré? No, no viene, no se atreverá nunca a venir..."

Comió sola en el gran comedor donde los veraneantes ya habían almorzado a las doce en punto, siguiendo sus metódicas costumbres de burgueses ricos o terratenientes millonarios de Bío-Bío al sur. Luego se dirigió a la oficina para pedir un auto que la llevara al día siguiente a Curacautín.

--¿Adónde va, señorita? --preguntó el empleado.

--A Santiago.

--No podrá partir hasta el miércoles. Hoy combinó el tren del ramal con el nocturno que va a Santiago, y hasta pasado mañana, no combina nuevamente.

--¡Bah! ¡Qué fastidio! ¡Qué lata!

--Hay que tener paciencia. En los ramales hay siempre estos inconvenientes.

Ya en su pieza, el aburrimiento de esos días que preveía vacíos de distracciones empujó su imaginación hacia Juan. Sonrió malignamente recordando la turbación del joven la tarde anterior. Decidida por el fastidio, se dijo: "Veamos... Veamos si aún nos queda poder sobre esa calamidad que se llama hombre..."

Volvió a la administración a pedir un caballo y un mozo que la acompañara.

De regreso a su pieza vistió apresuradamente el traje de montar que tan turbador encanto le daba.

Sin atender razones iba galopando por el sendero de la montaña. El mozo trataba de obligarla a ser prudente, mas ella, arriesgando la vida a cada paso, obligaba al caballo a meterse entre las breñas, yendo casi acostada sobre el cuello del bruto.

Ya en la vega, ordenó al mozo que regresara a las termas, siguiendo adelante a todo galope.

Cuando enfrentaba la casa divisó a lo lejos, por el desfiladero, un jinete que avanzaba. Por si era Juan siguió hasta encontrarlo.

--¿Por qué no fue? Pícaro, no más, que me obligó a venir.

--No debió haber venido.

--¿Iba para las termas, usted? ¡Qué mala adivina fui!

--Si he de serle sincero, le diré que había olvidado la invitación.

--No lo creo. A ver, míreme a los ojos...

Juntó más su caballo, sumiendo los ojos en los de Juan, que la miraban fijos y fríos.

--A ver. Me veo en ellos chiquitita..., chiquitita... Como estoy en sus ojos quisiera estar en su corazón..., Juan.

--Basta de palabras. ¿Qué busca aquí? --Los ojos se aceraban repeliéndola y la voz se hacía agria.

--Te busco a ti.

--Aquí estoy. ¿Qué quiere?

--¿Qué quiere?

Y como siguiera mirándolo, al par que los labios, contrayéndose, insinuaban el movimiento de un beso, Juan dijo con ira que se desbordaba:

--Váyase. Lo que busca aquí no lo encontrará.

--Lo he encontrado, puesto que sólo te busco a ti.

--Váyase.

--¡Juan!

Hizo la mujer ademán de acercarse aún más. El joven adivinó el intento y con un brusco tirón de riendas alejó su caballo. El movimiento de Marcela fue tan ridículo, el rechazo tan abierto, que, enfurecida, gritó mordiendo las palabras:

--¡Mamarracho! ¡Bruto! ¡Cretino! --Subía en palabras soeces la escoria que había en su vida, subía como a cualquier contacto sube el barro de la charca.

Juan no quiso escucharla y partió. Pero un grito de mujer, imperioso y taladrante, lo detuvo:

--Haga que alguien me acompañe. Ando sola.

--Váyase. Un mozo la alcanzará.

La dejó pasar adelante. Golpeaba con la fusta la cabeza del caballo, que se encabritaba bajo esa lluvia de azotes. Se alejaba, se empequeñecía, empequeñecía..., se perdía...

"Si el hijo no hubiera venido a equilibrar mi pensamiento, ¿de dónde habría yo sacado fuerzas para repeler esta tentación? A pesar de todos mis propósitos de ayer tarde, ¡cómo iba el deseo marcándole una ruta disimulada a la acción que hoy me llevaría a las termas! Un encargo de don Samuel olvidado ayer y con esto dicho a la Mena ya tenía libre el camino. ¡Cómo se eslabona todo! ¿Qué fuerza nos empujará? ¿Dios? ¿El Destino? Quienquiera que sea quien haya hecho que sólo ayer noche, precisamente ayer noche, el arribo de un hijo me haya sido anunciado, ¡bendito sea!"

Paso a paso siguió el camino. La tarde se insinuaba subiendo de la hondonada en un azul vago, niebla transparente que suavizaba la piedra. Las cachañas se daban un festín de maqui, charlando entre chillidos. Un pidén daba su grito modulado y repetido, anunciador de lluvia.

Quieta, apenas perceptible la corriente, la laguna era un óvalo de cielo. El valle se extendía lleno de paz, brumoso en lontananza.

Un mozo que venía del aserradero alcanzó a Juan.

 

 

 

BRUNET, Marta. Binevenido. Obras completas de Marta Brunet. Santiago, Zig-Zag, 1962. Pp.485-547.